1993-COLLAGE E ILUSION. RUEDA TRES DECADAS DE OBRA GRÁFICA

1993-COLLAGE E ILUSION. RUEDA TRES DECADAS DE OBRA GRÁFICA

Collage e ilusión (Rueda: tres décadas de obra gráfica)
Texto y catalogación en “Gerardo Rueda. Obra gráfica (1964-1993)”, Museo de Bellas Artes de Bilbao, 1993, 154 pp., pp. XV-XVII

 

COLLAGE E ILUSION

(RUEDA: TRES DECADAS DE OBRA GRAFICA)

 

Contemplando el conjunto de obra gráfica editado por Rueda, desde 1964, es posible recordar las palabras de René Huyghe en sus “Conversaciones sobre el Arte”: “lo ideal sería que el artista fuera a la vez clásico y barroco; algunos grandes artistas rozan esta solución”.

Cuando en 1964 Rueda realiza la primera serigrafía, “Al Horizonte”, dentro de lo que sería la primera serie de la obra gráfica editada por el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, hallamos ya lo que serán constantes de la producción de este artista en toda su trayectoria. Efectivamente, en este ejemplar, primorosamente estampado por Abel Martín, y uno de cuyos estudios se halla en el Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard, encontramos esas características de rigor, equilibrio y mesura que serán frecuentes en la obra ruediana: si cabe, con un elemento tan nuevo como sugerente para este artista, que ya hacía diez años había comenzado a trabajar con el “collage”: la captura, la detención del gesto; la inmovilización en el cuadro de papeles, recortes y fragmentos: su conversión en espacio, un espacio tan puro como complejo.

En el fondo, analizar la obra gráfica de Rueda tiene similitudes con el análisis de toda su obra sobre papel. Añadiremos que a su vez ésta puede entenderse viendo las constantes de su pintura o escultura: ello no es de extrañar en un artista que, como se pudo ver en la retrospectiva de 1989 en la Casa del Monte de Madrid, ha tenido siempre como norma creadora la de considerar su obra atendiendo a los problemas más rigurosamente pictóricos, antes que a la preocupación por la adhesión a modas artísticas, grupos o retóricas más o menos variopintas.

Lo anterior no pretende alejar a nuestro artista de una honda atención sensorial esquivando los corsés en exceso constructivos y mostrando el sentido de hacer compatible rigor creador con, a la par, una exigente preocupación humanista. No en vano ha utilizado materiales, en toda su labor artística, muy unidos al quehacer cotidiano. En el caso que nos ocupa, su obra gráfica, los humildísimos materiales de donde proceden sus collages, en muchas ocasiones en la génesis de la estampa, enlazan con lo antedicho: papeles de seda, fragmentos de periódicos, cintas adhesivas, restos de recortes… y todo unido por el dibujo del collagista el dibujo que procede de la rotura marcada y evidente, mostrando signos de la partición por la mano del artista.

Habrá que añadir que la dimensión de collagista o encolador de Rueda, no pertenece a una faceta aislada de su quehacer artístico, ni mucho menos: en el fondo todo su trabajo, incluyéndose sus grandes pinturas o ensamblajes de piezas de madera, tiene idéntico carácter. A Rueda parece gustarle el reto de Apollinaire y su “puede pintarse con lo que se quiera”.

Si Apollinaire enumera papel pintado, periódicos, tarjetas postales o sellos de correos, como posibles elementos de ese pintar como se quiera, ha de resultarle caro el consejo a quien, como Rueda, ha hecho ejercicios con materiales de la más diversa y humilde procedencia. En este sentido el “viaje” por el paisaje de su mesa de trabajo y lo que en ella se erige: cajas desplegadas, cuerdas, restos de envoltorios, carpetas recortadas, sobres, invitaciones de exposiciones… etc. Es auténticamente sugeridor, como no lo es menos, el contemplar la conversión de esos desechos en auténticas delicias para la contemplación.

Si cabe, este conjunto de obra gráfica tiene un carácter de inmediatez que no suele hallarse en su obra pictórica. Y las razones son claras: los trabajos con papeles o recortes, realizados en la superficie de la mesa de trabajo, serían el equivalente del dibujo para el pintor de medios convencionales y, por ende, un excelente método de trabajo y de pensamiento para la obra de mayores dimensiones. Y más que nada nos referimos a método, a fluidez creadora, antes que a puro trasvase de lo realizado en los collages. A la búsqueda, sin duda, de esta técnica que parece surgir sin esfuerzo, como muy acertadamente señala en su introducción Juan Carrete. Estos serían entonces espléndidos ejercicios de composición y de investigación en el espacio de los que luego no será ajena su pintura. Ejercicios equivalentes, al cabo, a los apuntes o dibujos, de la pintura clásica, como oyendo los consejos de Ingres al joven Degas: “Trace líneas, joven, de memoria o al natural, así podrá llegar a ser un buen artista”.

Este conjunto de obra gráfica, tiene además otro elemento común con todo su trabajo artístico, y con esa mirada de Rueda, tan próxima a la cotidianeidad humana, en general, y a la artística en particular: efectivamente, también en sus estampas es posible hallar el rescate de lo antes condenado al tránsito o al olvido. Fragmentos de páginas de libros, restos de invitaciones de exposiciones, sobres, etc. En lo que hay una doble meditación nunca antitética: la de lo fugaz y la de lo eterno, ambas felizmente subrayadas por la ausencia de énfasis y por la presencia de una constante ironía, en unos casos (“Bonete”, “La Cometa”, o “Iluminaria”) o de recuerdos vitales y paisajísticos (así, “Cerrillos”, “La Oliva”, “Hacia Puebla”).

Nada ha de extrañarnos, por otro lado, hallar, especialmente en sus inicios, estampas marcadamente geométricas y de rigor constructivo (“En Geometría”, “Vector”, “Azul” y “Geometría”), en muchos casos enlazando con su obra más construida de la década de los setenta. Más, sin embargo, no hemos de alejarnos, para comprenderlo, del constante par razón-misterio que ha embargado la obra de Rueda desde sus inicios y que en éstos se mostraba, formalmente, de un modo más construido.

De Rueda, de quien el poeta Enrique R. Paniagua escribió, con acierto: “yo me deslizo como una tijera, / cortando breves rectas, que suman una curva esplendorosa. / Soy papel, soy madera, soy bastidor, soy centro”, no ha de extrañarnos el cultivo de la obra gráfica a pesar del relativo desapego o el mucho desconocimiento con que era vista el la España de los sesenta. Este afecto a la estampa ha de ser visto, además, unido a la atención que Rueda ha prestado siempre a la obra sobre papel: hemos hablado de collages pero no podemos olvidar los muchos dibujos que este artista realizara desde finales de la década de los cuarenta y en los que poco a poco se fueron incorporando idénticos elementos a los que podemos hallar en su obra gráfica. Así, ya en 1955, encontramos sus primeros collages utilizando papel de periódico.

Este amor por el papel (alguna fotografía de los años sesenta nos muestra un Rueda enfrascado en la realización de collages, sentado en el suelo, y casi sepultado entre un marasmo de papeles de periódico, seda, fragmentos de papel…) tiene una hondura especial: no es sólo material idóneo para sus collages o serigrafías o aguafuertes, sino que tiene también que ver con el universo ruediano y con el afecto que éste siente hacia las cosas poco enfatizadas y dichas en voz baja, aunque no por ello con menor profundidad que este artista ha dado a la obra sobre papel.

En esta década de los noventa, ha iniciado nuevas búsquedas en el mundo de la estampa con la realización de un buen número de aguafuertes, de factura, sin duda, bellísima. En éstos (véanse los realizados para Fundación de Amigos del Museo del Prado, Calcografía Nacional o la espléndida serie de grabados realizados para La Polígrafa) a las preocupaciones ya citadas se unen elementos nuevos y que explican, por sus sugerencias, la utilización de la técnica del agua-fuerte-aguatinta. Se trata del factor ilusionista que permite la exquisita y evocadora reproducción de los más diversos materiales, de tal modo que las estampas, que antes nos remitían a un mundo de colores planos y esenciales, son ahora verdaderos collages. Las planchas, al ser presionadas por el tórculo contra el papel, nos presentan ahora un mundo tridimensional.

A este juego de ilusión, a este verdadero trompe-l’oeil, se une otro ardid técnico curioso que consiste en la introducción de verdaderos papeles pegados sobre la superficie del aguafuerte (la carpeta “Geografías Superpuestas” es ejemplo de ello) con lo que pasamos a encontrarnos frente a un collages en toda su entidad, realizado con doble premeditación: la visual y, por otro lado, la irónica, siempre presente en el mundo de Rueda, y en la que hallamos el deseo de medir con el espectador una refinada y culta distancia, no por ello carente de comunicabilidad.

Por otro lado, este deseo investigador, que parece acogerse bajo la máxima libertad creadora que otorga la mucha sabiduría, el conocimiento y la experiencia, ha llevado a Rueda a la realización de experimentos gráficos, de bellísimo acierto. Así, por ejemplo, la ejecución de serigrafías que, mediante troqueles, son recortadas y pegadas en papeles (en algunos casos pintados por el propio artista, en toda su tirada: “Collage al Viento o Inicio), vuelven a hablarnos, de nuevo de la atracción, mejor diremos: de la pasión que Rueda tiene hacia el mundo “encolador” y que le lleva a la búsqueda de nuevos caminos mediante las técnicas calcográficas más convencionales. Siempre creando universos propios, no sólo con elementos de la realidad común o general sino, y aquí está lo que ello tiene de reto, en el sabio y medido juego con materiales más propios de la creación artística.

En más de un centenar de estampas que siguen, admitirían bien la calificación de Fernando Zóbel de “caricia y mimo para el ojo” que ya escribiera en 1964, así como la afirmación de hallarnos frente a verdaderas joyas.

Y es que, en sus estampas, encontramos una de las cualidades más patentes de Rueda: un claro sentido del proyecto, en su acepción más profunda del disegno renacentista. Este sentido del proyecto hace que todos los elementos intervinientes lo sean cuidados al extremo, con rigor, clara noción y control hasta su resultado final. De aquí, también, que se comprenda con facilidad que en el texto de Zóbel señalado a éste le recordaran, por su misterio, sabiduría y destreza, a las miniaturas medievales, sin duda por esa reunión, tantas veces citada, y no por ello menos cierta, de razón y misterio.