1989-LA METÁFORA DEL ESPACIO

1989-LA METÁFORA DEL ESPACIO

La metáfora del espacio
Texto en “Gerardo Rueda”, Galería Arteunido, Barcelona, 1988
Reproducido en “Gerardo Rueda”, Caja de Madrid, Madrid, 1989, 408 pp., en pp. 323-324 y 393-394
Reproducido en “Guadalimar”, Año XIV, nº 98, Madrid, Octubre-Noviembre 1988, pp. 44-45

 

GERARDO RUEDA, LA METAFORA DEL ESPACIO

 

El color, la línea recta, la pureza constructiva, son tres elementos claves en el mundo creador de Gerardo Rueda, precisos para comprender su obra; los tres entendidos de un modo extremo: los colores más puros, la luz más viva, las líneas más definidas, la construcción más clara.

Se trata, en definitiva, del contacto con el espacio de un modo tan nítido como extremo.   De la exaltación de un modo radical de comprender la experiencia artística.

Desde el profundo conocimiento del mundo del arte, Rueda ha animado su obra de un tono propio:   sugestivo, irónico a veces, perfeccionista en la creación, siempre inteligente, ha marcado del modo más patente lo genuino de su creación, distanciándose de todas las experiencias artísticas precedentes que se pudieran hallar en su reflexión, incitando, a la par, con sus obras, a un diálogo con el espectador.   Los cuadros de Rueda no suelen imponerse, sin más, empujan al diálogo: ¿es relieve o su sensación aquella línea?, ¿es este color el que supongo o su proximidad con aquél me engaña?, ¿flotan los cuerpos en el espacio o, al contrario, es éste quien, de modo ilusorio lo hacer ver así?…

Preguntas todas ellas que aluden a mucho más que a una mera sugestión constructiva:   el artista, con su presencia, ha impuesto su saber entre la obra y lo que podamos considerar próximo.   Del mundo del arte, presente o pasado, Rueda toma anotaciones.   Del mundo de los constructivistas, Mondrian, Malevitch, Nicholson, los suprematistas…   mas ¿por qué limitarnos tan sólo a las sugerencias formales?   El pasado artístico, en su más amplio sentido, en su concepto más profundo, también está presente en el mundo creador de Rueda y muy especialmente en las últimas pinturas (“Barroco” es buen ejemplo de esta síntesis) a modo de colofón de ese saber de artista que otorga las justas dosis entre originalidad –o creación propia- y conocimiento del arte.   En definitiva, aquello que marca la distancia entre la reincidencia creativa, la apostilla y el don del arte.

Subyace, a la par, en lo anteriormente dicho, la vieja (y manida) discusión, no por antigua menos rediviva:   razón frente a sentimiento o, dicho en otros términos:   pincelada en su sentido gestual, frente a línea.   Geometría contra acción pictórica.   Discusión para los más débiles tan sólo porque es bien cierto que Rueda, con un romántico “yo soy mi estilo”, al modo de Klee, ha mostrado el punto justo:   la eliminación de reservas o dudas, y antes que alejada por su frialdad, la pintura de Rueda estrecha el puente entre el espectador y el pintor.   A buen entendedor… pocos cuadros bastan.

Una pintura, como se ha dicho, además suficientes veces, eminentemente musical, en ocasiones con referencias arquitectónicas y, al igual que el color, vehículo de las emociones del artista, que ha preferido el rechazo de lo evidente, de lo que es simple o queda patente con su mera existencia, de lo excesivamente definido sin mayor sugerencia.

La obra de Rueda, alentada por la línea, el color extremo, la pureza límite, se anima, de modo original y poético (en muchas ocasiones desde su título:   geografía, ritmos, paisajes, recuerdos, alusiones…).   Se trata de mostrar ese alejamiento entre lo meramente formal y su creación.

Una aproximación al espacio dotada de mucho más que un juego con éste o del mero divertimento y ardid constructivo.   Un análisis metafórico del espacio; la forma se convierte, ante el recuerdo evocador de algunos cuadros, en una continua proyección, difícil de separar de la emoción del artista:   lugares, recuerdos o momentos, en definitiva , espacio y tiempo.   Experiencias tan poéticas y personales como comunes, ordenadas y musicales, en las que la fusión entre lo externo, lo que vemos y la emoción, llega a veces a tales límites que se convierte en metáfora, en poética sustitución.

Está, por tanto, la obra de Rueda, dotada de signos propios, que abundan tanto en su concepto como en su original amplitud.

Frente a sus obras construidas mediante relieves coloreados, la madera teñida con veladuras grises o la escultura de objetos encontrados queda la reflexión:   la satisfacción del hallazgo de un lenguaje propio y exclusivo:   un lenguaje, diremos, reflexivo.   Una semiótica artística que, desde el vislumbrar poético, hace ver cuadros de Rueda distanciados entre sí cuarenta años y hallar coincidencias:   la que da la coherencia, un mismo idioma compuesto por signos patentes que en su descubrimiento, inteligente e inquietante, otorgan sentido a un dilatado quehacer, siempre alejado del vano vaivén de la moda o del momento pasajero, de lo que, al cabo, es tan sólo ficción.

 

Las cosas, los lugares, los momentos, las gentes, los días y su poética.   Al cabo, su esencia más secreta.

 

“Gerardo Rueda, la metafora del espacio”, texto extraído del catálogo Gerardo Rueda Galeria Arteunido, Barcelona, Agosto, 1988 pp. 3-4.