1986-BODEGONES

1986-BODEGONES

Gerardo Rueda. Bodegones

Galería Estampa, Madrid, 1986
Reproducido en “Guadalimar”, Año XII, nº 88, Madrid, Abril-Mayo 1986, pp. 16-17

 

 

“¡Cuántas cosas (…)/   Nos sirven como tácitos esclavos,/   Ciegas y extrañamente sigilosas!/   Durarán más allá de nuestro olvido;/   No sabrán nunca que nos hemos ido.”

(Jorge Luis Borges:   “Elogio de la Sombra”, 1969)

 

 

I

 

 

            Despojadas de la palabra, de amores y olvidos, están las cosas.   Latiendo.

Las cosas nos miran, límpidas.   Los objetos que hemos hecho nuestros permanecen mudos a nuestro lado.   Contemplando.

En los objetos estamos nosotros, todos nuestros días ya pasados, tantas detenciones en mercados, caminos, lugares, mostradores o ferias, hasta llegar a nuestra mano, su destino último.

Reunidas nos contemplan quedamente, mientras pasan las estaciones, llega la lluvia, sube o cae la música.

Nos esperan en su reunión callada, llenando el espacio.   Imponiéndose en él de modo contundente y eficaz.   Cantando suavemente.   (Escribía San Juan de la Cruz en los “Dichos de amor y luz” que el pájaro solitario “ha de subir sobre las cosas transitorias no haciendo más caso de ellas que si no fuesen, y ha de ser tan amigo de la soledad y del silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de cantar suavemente” 120).

Llenando el espacio está Rueda y con él Morandi, la música callada, Nicolás de Stäel, “The four Quartets” y Elliot, Proust, el paisaje de Cuenca, Matisse, la elegancia social de la madera, el horizonte de Madrid desde su casa, frente al Palacio Real.

Ocupándolo todo una síntesis: de la dialéctica tensión (obra)-creador, la victoria del último:   el dominio total, perfecto y sereno de la realidad plástica:   el equilibrio invadiéndolo todo.   La obra plástica hecha cosa.   Rueda:   la síntesis a la serenidad (¡Qué quieta está la obra de Rueda, qué bien se está con ella!)

No es, pues, de extrañar que el artista rinda este homenaje a las cosas.   Rueda, artista sin escuela, generación o manifiesto.   Adscrito quizá a la, permítasenos, “generación del silencio” (Zóbel, Sempere, Torner o Mompó);   unido a los que optaron por la vía del rigor frente a la del grito.

Unido antes a las cosas que a las gentes, a los objetos que a las discusiones.   A la imperturbabilidad y serenidad de las cerámicas, vidrios, maderas o lienzos que al devenir turbulento de grupos, manifiestos u opciones.

 

 

 

 

II

Hace años escribía Rueda: “Clarifico y califico al mismo tiempo (…).   Me interesa organizar un espacio plástico.   Un espacio que sea expresivo y contundente (…)   que se imponga por su simple presencia” (En el catálogo de “Forma y Medida” 1977).

Creador silencioso, recibía de Juan-Eduardo Cirlot el calificativo de “místico”, dotado de un conocimiento de la “secreta armonía” entre espacio-composición.

Rueda íntimo, tras varias décadas de trabajo pictórico llega a la síntesis, a la pureza.   Al ejemplo que nos dan las cosas, los objetos que nos susurran al oído.

Síntesis no desesperanzada, no minimal, no pop, no conceptual, no povera.   Síntesis ejemplar y luminosa;   la creación a la luz de las cosas, las cosas a la luz de la creación, la vida a la luz de las cosas;   la vida a la luz de la creación.   Síntesis racional, clara y ordenada.   Síntesis ejemplar.

La creación ha tomado de las cosas su quietud, de las cosas su reposo, conocimiento y aprendizaje de siglos, de eras.   De las cosas ha tomado Gerardo Rueda su plenitud.

Rueda no nace hoy al a escritura.   Durante la década 1960-70 practicó la escultura, especialmente en metal (“Manhattan”, “Polar”, “Paloma II”).   Podríamos añadir, y es obvio, que siempre invadió su composición de volumen.   Volumen que ha ido tomando una mayor autonomía en las últimas piezas de la magistral serie “Elegancia social de la madera”.   Ya en Theo, en 1985, presentó un virtual precedente de esta exposición:   Bodegón olvidado”, callado homenaje a Giorgio Morandi.

“Me obsesiona la idea del volumen”, declaraba en 1985 en una entrevista concedida al “Diario de Cuenca”.   Sin embargo, numerosas piezas, magistrales, han permanecido inéditas, algunas de ellas escondidas con mimo entre sus objetos más personales (“Tejadillos de Cuenca”).

 

 

III

La estética condiciona lo lógico.   Los objetos condicionan nuestra existencia, a la vez que aquellos no están directamente condicionados por ésta.

Es preciso añadir que las cosas tienen entidad (tal es la definición del Diccionario), autonomía y rigor propio.   Importancia y ocultamiento.

Las cosas son, pues, nosotros; nosotros, prescindibles, somos las cosas.   Hemos construido nuestro mundo con su ayuda; somos lo que nos rodea en silencio.   Los objetos que nos contemplan callados.

En el fluir de la vida (nada queda, decía Heráclito), sólo los objetos permanecen.   Tras ellos, latente, todo aquello que sentimos palpitando.   Todo lo que muestran y lo que callan, todo lo que hay de ausencia en su estar.   Todo lo que nos lleva a la indagación, a la búsqueda.   Ese estar ausentes, nosotros dueños, de las cosas, es lo que las hace deseables, a la vez que enigmáticas.   Cuando nos enfrentamos a las cosas hallamos dos opciones y no más:   rehusarlas o abordarlas; acompañarnos simplemente de ellas o buscar su verdad última.   En definitiva, se trata de hallar claridad en la totalidad de la vida.   Rueda, aristotélicamente, contempla las cosas, antes que obrar con ellas, piensa en que la extrañeza deviene a una pregunta, de orden finalista:   ¿qué son las cosas?

La pregunta no es nueva.   La teoría de la contemplación era abordada bajo semejantes bases en los griegos, quienes hallaban en la distancia y en un “no hacer nada”, la mejor respuesta a las cosas.

Las cosas en su inmovilidad, “durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido”.   (Jorge Luis Borges).

 

 

 

“Gerardo Rueda: bodegones (1985-1986)” texto extraido del catálogo  Gerardo Rueda: bodegones (1985-1986), Galería Estampa, Madrid, del 4 al 30 de Marzo, 1986, pp. 9-12.