JUAN UGALDE: FABULANDO EL DESASTRE

JUAN UGALDE: FABULANDO EL DESASTRE

 Texto publicado en el catálogo
PINTURA-PAINTING?
Madrid, 2018: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 192-213
[Intervenciones de Alfonso Albacete, Irma Álvarez-Laviada, Marta Cárdenas, Menchu Lamas, Carlos León, Juan Ugalde en el contexto de ARCOmadrid 2018.  En colaboración con Ayuntamiento, Comunidad de Madrid y Ministerio de Educación, Cultura y Deporte].

 

JUAN UGALDE: FABULANDO EL DESASTRE
(RELATOS DEL ÚLTIMO PINTOR DE HISTORIA)

 

Monstruo, digno de mí
Jean-François Marmontel.  Denys le Tyran (1748)[1]

 

Vértigo del vivir.   Destilan un aire inquietante las imágenes de este pintor.

Un temblor amargo en los instantes pintados revela la obra de un artista agitado que ha hallado en la técnica del encuentro del collage y la pintura, la fotografía o el trazo y la mancha, tal desmemoria y recuerdo, realismo y mundo de ensueño, una de sus técnicas frecuentadas.   Imágenes que pueden ser amplificadas o convivir con las mínimas insertadas en esa representación de la topografía de la mentira del mundo, elevando sin cesar nuevas imágenes pareciere entre paisajes de zozobra, cartografiando territorios a veces semejare incinerados por el caos del progreso, por un tiempo cruel, amén caótico y sin sentido: la ciudad devastada por la urbanización, los paisajes otrora desérticos o idílicos ahora habitados por las invasiones bárbaras, el edificio erigido en isla entre el vertedero, el ser abandonado en el recodo de la autopista.  Hasta la soledad implacable de quien descansa en un margen del lienzo o ve un mar bajo un cielo de ceniza.

Buscador de imágenes en esta tierra baldía, hay algo imperioso en las creaciones de Juan Ugalde (Bilbao, 1958), como si ardiera la necesidad de un relato.   Viaje entre la realidad y una cierta fábula surrealizante, una ficción-ficcionesca (con la presencia de personajes exilares entre la ficción y lo real, muchos de ellos semejare hubiesen sido desplazados desde el cómic al exilio de la cruel piel de la vida real, figuras con aire de graffiti, anotaciones perversas), sometida la piel de la pintura, a veces, a un mundo de húmectante densidad[2].   Pinturas narrativas, relatos del desastre ya anunciados en los ochenta, hasta llevarme a sentenciar que ha sido un artista constante, muy coherente, autor de una obra, un relato como creador, extraordinariamente tenaz.  Y pienso ahora en el cómico y romántico “Paisaje” (1986), mar nocturno embargado por el reflejo de la luna, -una suerte de Friedrich revisado por el tebeo, mas no por ello menos estupefaciente, menos compungido ni pleno de emotividad-, imágenes sometidas al delirio.   Inclusive veo a Velázquez, su “Villa Medici”, en el hermoso dibujo sin título, de 2015, en verdes, que ilustra páginas siguientes.  Su gente, como en el cuadro de aquel, transita sin rumbo entre la ruina y los árboles.   O, ya después, pinturas como “Cascada” y “Viaje a lo desconocido” (2008) invadidas por la presencia de aguas, tal ejemplo: “Lunático con animales” (2011).   Japonesadas en un mundo de desastre, como “Zen” o “Paisaje azul azul” (2008).   O, por si acaso, está la lectura de uno de los textos en una de sus pinturas, reflexión también de este filósofo pintor vagando entre la mentira del mundo: “Os ofrecemos soluciones verbales para todo” (en “Fairy Tales”, 2014, reproducido más adelante).

Sí, sino, pues el quehacer de este pintor estaba anunciado ya desde mediados los ochenta en sus pinturas negras o en muy sombríos horizontes explicados en lienzos, alguno de los cuales me trajo también ciertas pinturas de Arturo Nathan, el metafísico de Trieste, tal pinturas: “Étant donnés (Ángela)” (1997); “Insumisión” (1998); “Eva” y “Dolce Vita” (2000) o “Negro ficción” (2009).   Habitantes semejare de un espacio explosionado, parecen instalarse quietos, a veces, sus personajes (tumbados en un banco o, con frecuencia esperando-esperando-esperando), entre los restos de la explosión del mundo, que les sobrevuela en torno.   Esa negritud pareció arribar naturalmente a invadir la totalidad de sus pinturas de 2014, superficies pictóricas pareciere además sometidas a una poética letrista y una visión ópticamente distorsionada, frecuentemente alteradas por lo que sería un ojo curvilíneo a lo Kertesz  o por un teatrillo de ilusiones, mundo obscuro ejemplificado, quizás, en la soberbia “UHD TV” (2014).

Recordé en otra escritura que una cita de uno de los seis personajes de Luigi Pirandello servía de introducción a una exposición de Juan Ugalde: “Usted sabe, tanto como yo, que la vida está llena de absurdos que pueden tener la desfachatez de no parecer verdaderos.   ¿Y sabe por qué, señor director?.  Porque estos absurdos son ciertos”.    Defensor nuestro pintor de un cierto soñar despierto, tentando un ludus fantástico, -hijo de Rauschenberg, le califiqué en cierta ocasión[3]-, aludía a la contaminación que portan sus pinturas, hibridación de formatos y lenguajes, de elementos procedentes de lo publicitario, del desecho ruidoso cotidiano, de la imagen “encontrada”, mas también de la confluencia entre fotografía adherida o transferida y el pigmento.  

Describe Ugalde un mundo propio, nuestro y extraño, que semeja referir desde otro mundo.  Mira hacia el interior, pareciere a veces, de complejas ensoñaciones.  Preguntándose en sus creaciones en torno al propio acto de ver, embarga sus pinturas de un misterioso espíritu vagando en el espacio.  Pueden ser los universos creados paisajes o ensoñaciones, racimos de imágenes devenidos viajes de aire introspectivo mas nutridas de la complejidad del mundo en derredor, con aire de compungidas alegorías, parábolas o  epigramas arrasados por aquel viento del citado eliotiano (y también nuestro) waste land, a la par que plantea el relato de una poderosa y misteriosa energía desprendida entre las imágenes.  Su creación es, también, una experiencia del pensar, filosófica y, a pesar de su declarado exceso, nunca abandona un cierto misterio, un aire de artista presente mas sometido al extrañamiento, tal una poética alteridad.  Y su exploración acaba refiriendo melancolía y deseo, también los propios límites de la percepción.

Ugalde eleva sin reparo el juego de las ilusiones como una exigencia de la energía motora de la creación.    Coleccionando imágenes a veces arrasadas, mutadas en contenedores de energía, sí, viaja el pintor activista Ugalde entre las imágenes, inagotado.   En intensa atención receptiva, en atenta escucha, a borbotones brotando condensaciones en torno a relatos, aquelarres de pintura tal narraciones de un artista-contemplador-estupefacto representando un misterioso mundo, un espacio suspendido entre aquí y allá, desplazado en el embargamiento poético.  Versos del desasosiego que emparentan con formas visuales consideradas impuras, como es el caso de los mensajes publicitarios, que le embargan con frecuencia.

Imágenes del mundo, apocalipsis domésticos[4]a los que veo un aire de bellísimo final a lo Lowry, miniaturizando o agigantando las imágenes, nada se parece a nada en las pinturas de nuestro creador, quien parece concebir escenas inconclusas de un mundo tan real como fantasmático, pintado-despintando-volviendo a pintar, hace, rehace y vuelve a hacer, como decía la Bourgeois[5].   Sucesivas incorporaciones de pinturas, estallidos, borrados, nuevos pintados, apariciones o desapariciones, negaciones que permiten tentar otras posibilidades de la imagen, hasta hacerme recordar a veces unas contemporáneas féeries mythologiques.    Algo de ello se atisba en su emocionante intervención en la calle de Preciados, “Frog first” (2017-2018), moderna revisitada Sagrada Familia de nuestro tiempo bronco, habitante de un espacio concentrado, poblado por las imágenes.

Elevando la apariencia del caos, tienta Ugalde el acceso a otra visión, esta ya verdadera, intenso vigía que atendiere el murmullo del mundo.      Provocación y humor, lección, acción e interrogación, Ugalde analiza lo real en incesante narrar, planeando sus pinturas sobre el abismo.   Recuerdo a menudo, frente a la obra de un artista como Ugalde, a Paul Lafargue: el del dolor, sería el nuevo verbo imprescindible de nuestro, también nuevo, tiempo[6].

Activa la razón creadora en deriva hacia las paradojas de los juegos de la representación, el quehacer de Ugalde expresa la importancia que tienen las metáforas en dicho ejercicio.  Metáforas desastrosas que recopila, en un ensanchamiento de los sentidos que le permitirá adueñarse del lenguaje para crear, creando una suerte de ejemplar compendio de imágenes, es su ugaldelogy, un lenguaje impuro cuya semántica propone desbordarse continuamente, replicándose en ocasiones, paradojal, sin esquivar el elogio de la ironía y el disparate postmoderno, deforma el mundo Ugalde, descompone lo real en imágenes.

Imágenes con aire de superpuestas, representaciones de lo apartado del camino, tal restos o despojos, disjecta membra de lo real.     Tiene algo, su constante y sólido quehacer, de gozoso viaje a la deriva, quizás camino del país Ostranénie.  Extrañamiento, vivir es un abismo que no excluye elevar paisajes de la tristeza: construimos sueños (reza irónicamente uno de sus trabajos de 2004), en flujo constante que atraviesa permanentemente el vivir.   Es de ese terror quien permite se eleven imponentes las imágenes de Ugalde, phantasmas devenidos figuras, cósmicos concentrados, poético vértigo retenido en el lenguaje de las imágenes.   Imágenes coleccionadas para luego, pareciere, ser expulsadas de ningún paraíso.  Rendija en el sólido aspecto de la concepción del mundo, pinturas que erigen tratados de su disgregación, tal palimpsestos de un mundo caído donde un último pintor de historia narra disciplinado ciertas zonas, algunos episodios que describen tal agónico estar que nos constituye.   Vaivén de las imágenes devenidas una suerte de absurdo positivo: erige relatos, tal ficciones verdaderas, Ugalde.

 

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[1] Lo encontramos en: FLAUBERT, Gustave.  Bouvard y Pécuchet. Barcelona: Penguin, 2015, p. 190.

[2] El agua es asunto de una de sus últimas series: “Flotation Notes” o “Flotation after Marcel Broodthaers” (2014).

[3] “Ugalde ha recopilado elementos dispersos de la cultura popular que ha reunido con un peculiar sentido del humor, ácido y corrosivo. Estudió Arquitectura, Bellas Artes y Filosofía.  Becado por el Ministerio de Cultura en 1981 y con la beca Fulbright por el Comité conjunto hispano-americano, su primera exposición, 1978, se celebró en la Escuela de Arquitectura de Madrid.  En la década de los ochenta formó parte del colectivo “Estrujenbank” junto a Dionisio Cañas, Patricia Gadea y Mariano Lozano.  A partir de los años noventa, sin abandonar su tendencia provocadora la fotografía ha tomado mayor importancia hasta alcanzar una obra de corte naturalista.   Estas fotografías muestran, de modo habitual, los despojos, materiales pero también humanos, de nuestra sociedad actual, relatando con ello el aspecto más enfebrecido del vértigo del consumo de este siglo XXI.   Sobre dichas fotografías pinta tanto chorreones como anota pequeñas ventanas de color en un procedimiento que podríamos calificar de pop del revés.   Si el pop ironizaba icónicamente, con las estrellas deslumbrantes del consumo, Ugalde muestra los lados más desesperantes de éste, convertido ya en un amplio repertorio de amasijos: cementerios de automóviles ajados, chabolas, basuras o, (…) una suerte de rincón en el que dos personajes parecen vivir en su submundo al margen de lo que el frenesí civilizador parece suponer.   Ha declarado: “fotografío todo lo que me llama la atención, calles desiertas, paisanos jubilados, casas desechas.   No se trata de hacer un reportaje, sino de captar imágenes de lo cotidiano”.  Ugalde no se considera un pintor “sino una persona que trabaja artísticamente con diversas herramientas” (“Blanco y Negro. Cultural de ABC”, Madrid, 20/IX/2003).  Parte de los mecanismos de Ugalde tienen su origen en perturbadores juegos irónicos relacionados con el título.  Un cementerio de automóviles alude: o al paisaje: “Nubes verdes, cielo gris” o a la metáfora: “3 Pensamientos”, pero también a la literatura “On the Road”; una chabola es “Top 30” pero también  otra puede ser “Dolce Vita” y un chatarrero caminando nocturno con sus pertrechos por el asfalto es “Brisas”.  Socarrón “hijo” de Rauschenberg, Juan Ugalde desde una actitud más bien irónica, plantea, a través de su serie “Las invasiones bárbaras”, los conmocionantes sucesos que acaecen cuando los “invasores”, por lo general turistas o veraneantes, conquistan el bucólico paisaje marítimo y su entorno, antes solitario.  Narrado en ocasiones desde un punto de vista teñido por la melancolía de la grandilocuencia, y hasta en ocasiones una ajada visión fílmica- de las emisiones del NO-DO.   Narración del abandono, del dolor, también de la nihilista opulencia, en las fotografías de Ugalde, que como en el caso de la de Schnabel están manipuladas por la presencia pictórica, hay algo de un viaje desde la fotografía a la pintura.   Es frecuente en la fotografía contemporánea, como en el caso de este artista, la recopilación de elementos dispersos de la cultura popular que se reúnen entonces con un peculiar sentido del humor, ácido y corrosivo. Frecuentemente Ugalde revisa un amplio y caótico repertorio de lo que podríamos llamar las consecuencias del progreso. Eso que él ha llamado “imágenes de lo cotidiano””.  DE LA TORRE, Alfonso.  Fragmentos: Arte del XX al XXI.  Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 2004, p. 224.

[4] Título de una de sus pinturas de 2010.

[5] DE LA TORRE, Alfonso. I do, I undo, I redo.  Valencia: Galería Ana Serratosa, 2017.

[6] BRETON, André-ÉLUARD, Paul. Dictionnaire abrégé du surréalisme.  Paris: Galerie Beaux Arts, 1938.  Edición en castellano de: Madrid: Ediciones Siruela, 2003.  “Se dice que nuestra época es el siglo del trabajo; y, efectivamente, éste es el siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción”. En Ibíd. p. 100, en la voz “Trabajo”.