JUAN MUÑOZ

JUAN MUÑOZ

Texto publicado en el catálogo
DONACIÓN DE PLACIDO ARANGO ARIAS AL MUSEO DE BELLAS ARTES DE ASTURIAS (OVIEDO/2018)
Balcón con dos figuras. Pp. 108-110
Museo de Bellas Artes de Asturias
 

JUAN MUÑOZ
(Madrid, 17 Junio 1953-Santa Eulalia (Ibiza), 28 Agosto 2001)

 

BALCÓN CON DOS FIGURAS
1992
Terracota y bronce
149,9 x 50,8 x 27,9 cm.

Procedencia:
Sothebys, Nueva York, 13/V/20014

Exposición
Sotheby’s, Contemporary Art-Afternoon, Nueva York, 13 Mayo 2004,  nº lot. 351, il. col. p. 63

 

Reflexiono en Juan Muñoz (Madrid, 1953-Santa Eulalia, Ibiza, 2001) y en su obra distinguida, en sus personajes mirando en derredor hacia todo que es nada, y pienso primero en la extensión del silencio.   Mudez como acto de resistencia ante el mundo, temblorosa representación, mas no por ello menos rotunda, de una suerte de rumor mudo del cosmos, una voz que se alza incomprensible.  Hay, en estas esculturas en duplo elevadas sobre la incerteza del balcón, la perpleja presencia de una trama pareciere secreta, discurso misterioso mas que, empero, nos estaría destinado.  Una historia conectada y desconectada con lo real, al cabo la creación de nuevas imágenes puede ejercerse, como lo hacía Muñoz, también desde una tentativa de distorsión y el ejercicio deliberado de la percepción confusa.  Claro, mientras escribimos esto pensamos en la especial relación de Muñoz con los sonidos, con la voz sola y con el silencio.

Declarado arte de la incomodidad[1], de las torsiones, de los lugares no comunes, de búsquedas poco gratas, representaciones de cuerpos convulsos o anatomías desplazadas, este artista observaría, justamente, la importancia de la elevación de ese lugar de extrañeza en que devienen sus conjuntos escultóricos.  Es un  extrañamiento de los significados que en Juan Muñoz opera dentro de la propia obra, emana desde ella tal un acontecimiento que se modifica y transforma continuamente.   El espectador deviene un contemplador perplejo que hubiere sido desplazado, no sin cierta perversidad, a través de lo que parecería un sistema distorsionado, una lectura equivocada de los signos que concluyera que la visión es una confusión que, a su vez, define la lógica íntima de la representación

Pareciere que afectado, formalmente, por el encuentro con Roma, donde residió ese año 1992 en que concibió el duplo escultórico “Balcón con dos figuras”, tiempo en su creación de dobles y balcones[2], la obra de Muñoz crece entretejida con las historias del mundo, tal vidas posibles o situaciones en paralelo.  Relatos simbólicos que se encuentran preguntado por el fin, la incomprensión o el elogio de la incómoda otredad.  Preguntas sobre la apariencia, la representación, interrogaciones resueltas en pos de la elevación de otras preguntas que son, casi, conversaciones ensimismadas frente a los espejos, ya se dijo.  Fracciones misteriosas de la realidad, pausas, en su individual de 1984 en la galería Fernando Vijande había representado y dibujado algunos elementos arquitectónicos, escaleras y balcones, que también abrazaban las columnas de la sala y le acompañarán a lo largo de su trayectoria.  El mismo artista lo referirá en alguno de sus trabajos finales, como la mítica “Double blind” (2001)[3].

Los balcones, trasvasados desde su aislamiento arquitectónico devienen, así, elementos escultóricos[4], púlpitos reclamantes de una mirada hacia arriba, en pos de la mención a la suspensión, la gravedad, la rotación o la percepción también de una cierta pérdida del sentido provocada por la torsión del cráneo, -como cuando se grita o gime (Bataille)[5]-, algo que fuere asunto de su quehacer, si pensamos en las extrañas posturas de algunas de sus figuras.  Menciona también la vida interior: el balcón es el elemento que conecta el espacio de lo íntimo con la calle.  Volverán a elevarse, al final de sus días, en 2001, las esculturas de sillas con personajes suspendidos en lo alto de los  muros, o bien en singulares acrobacias que parecen referir el juego de las apariencias.

(Vuelvo a la lectura, es Piglia: “todo el secreto consiste en fingir que se miente, cuando se está diciendo la verdad”. Concluyó su vida joven, Juan Muñoz, casi a la misma edad que Manolo Millares, artistas del dolor y la vida en serio).     Hubiera podido destruirla, decía Giacometti, pero he hecho la escultura justamente por lo contrario, para recomenzar.   Refiere la obra de arte la pulsión del artista, ya sea de aspiración, deseo o vuelo, o quizás destrucción.   Pues la creación se acompaña también de la construcción del artista, vida interior capaz de concebir nuevas imágenes que, cual demiurgo, podrán compartir esa nota de opera aperta con, al mismo tiempo, la tensión e interrogación que plantea cuestiones como el deseo o lo prohibido, la norma y la transgresión, la dialéctica entre la ficción o lo real.    Juego entre la ausencia y la presencia, mundo suspendido entre las preguntas, la escultura de Juan Muñoz parece también hacer mención a una quietud glacial, la  soledad radical de los seres representados en lugares de tal extrañeza.  No tanto con la rotundidad que ha transitado la historia del arte como en un despliegue subjetivo, siempre en situación de ejercer una teatralidad que exige la connivencia imprescindible del otro para su lectura.

Oímos su voz, a lo lejos, en el silencio.

 

 

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[1] “En relación a la última obra que has mencionado, una vez que se formó como objeto en la situación del estudio, la única a la cual puedo hacer referencia, se convirtió en algo conflictivo, incluso incómodo. Pensé que ese valor de incomodidad hacia mí mismo era importante. Si podía molestarme era porque estaba más allá de mis expectaciones… y me dije que éste era un buen comienzo… A veces pienso que una escultura conserva su interés para mí cuando permanece extraña… creo que trato de construir una escultura que traicionará mis memorias, que sea ajena a mí y a la vez cercana para reconocerme como su constructor. (…) Yo veo una cierta extrañeza en algunas esculturas, cuando como espectador mantienen una cierta otredad cada vez que vuelvo a ellas. Despiertan algo que yo no entiendo. Sé que cada vez que vuelvo a ellas estoy al comienzo… quiero decir, que establezco un puente con la obra pero el otro lado se me escapa. Me gusta esa extrañeza de ciertas obras. Son lo que son y a la vez existe una otredad en ellas… A veces comienzo una escultura con la intención de que sea. En el sentido figurado, busco que una pierna no funcione. En la esperanza que ese elemento de error, lógicamente configurado, me llevará a una obra que adquiera esa cierta extrañeza”.  Juan Muñoz-Conversación con Jan Debbaut. Fragmentos de una conversación.  Madrid: Galería Fernando Vijande, 1984, p. 4.

[2] Son los casos de obras de 1991: London Balcony with figure, 1991. Acero y terracota. 100 x 95 x 40 cm. Colección particular.  Sydney Balcony, 1991.  Resina de poliéster y acero.  102 x 92 x 32 cm. Estate of the artist. Untitled, 1990 – 1991.   Hierro y terracota. 63,5 x 90 x 22,5 cm (balcón) 86 x 32 x 12 cm (figura). Estate of the artist.

[3] Así lo referirá Juan Muñoz con ocasión de la exposición “Double Blind”, Tate Modern, Londres, 2001, en el cat. exp. p. 71: “Estoy sorprendido cómo algunas de mis más tempranas ideas, anunciadas en los balcones,  parecen haber reaparecido en esta obra” (traducción del autor).

[4] Otro ejemplo es Spiral Staircase (inverted), 1984 – 1999.  Hierro soldado, 48 x 18 x 18 cm. Estate of the artist.

[5] George Bataille sobre el particular: “en las grandes ocasiones la vida humana se concentra bestialmente en la boca; la cólera hace castañear los dientes, el terror y el sufrimiento atroz hacen de la boca el órgano de los gritos desgarradores.   Es fácil observar a este propósito que el individuo trastornado pende la cabeza volviendo el cuello frenéticamente, al tiempo que su boca viene a situarse, en la medida que le es posible, en la prolongación de la columna vertebral, esto es, en la  posición que ocupa normalmente en la constitución animal”.    Georges Bataille. Oeuvres completes I.  Paris : Gallimard, 1937, p. 237.