CARLOS LEÓN:   EXCEPCIÓN, DESVIACIÓN, DISIDENCIA

CARLOS LEÓN: EXCEPCIÓN, DESVIACIÓN, DISIDENCIA

Texto publicado en el catálogo
PINTURA-PAINTING?
Madrid, 2018: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 158-179
[Intervenciones de Alfonso Albacete, Irma Álvarez-Laviada, Marta Cárdenas, Menchu Lamas, Carlos León, Juan Ugalde en el contexto de ARCOmadrid 2018.  En colaboración con Ayuntamiento, Comunidad de Madrid y Ministerio de Educación, Cultura y Deporte].

 

CARLOS LEÓN:   EXCEPCIÓN, DESVIACIÓN, DISIDENCIA

 

LACHE.
J’AI SOIF.
JE VEUX
CE REGNE
Pablo Palazuelo[1]

 

Tal vez la actividad artística no sea sino un intento de ajuste de cuentas con la existencia. El artista es un vengador, alguien que clama ante la angustia del existir desde la voluntad de goce y la sed de conocimiento (…).

Carlos León[2]

 

Hay un Carlos León del color exaltado, con frecuencia embargado de los rojos, y hay otro pintor del paisaje (verdes, azules o pardos), tal eremita cultivando su hortus hermeticus[3], a veces temblorosamente monetiano.   Y otro se desdobla, vaciando su ser, arrojado al hondo espacio de la nada, elogiando la incertidumbre de la representación, para hacer surgir formas, signos danzantes desbordados en la superficie pictórica, pactando con lo inacabado.

Húmedas o arrasadas, aquellas arcadias pintadas, incandescentes y fluidas, abstractas formalistas o deliberada y osadamente huyendo sus pinturas de la contención, se elevan los colores o bien vagan por el soporte.  Danza el colorido a lo Joan Mitchell o rememora a la túnica de Ariadna de Tiziano[4] en otro de azules restallantes.  Se desplazan lánguidas las nubes de color huyendo del centro o, quizás, vibran como las ramas y juncos azotados por el aire que extenderá luego la tormenta: jardines y manchas, reflejos, extensiones de pintura o acercamientos (semejare a veces aproximarse la mirada al pigmento o la mancha, tal un travelling o un hallazgo).   Artista de contenciones gestuales, mas otrosí de excesos, atrevimientos, en palabras de Greenberg.   También, un pintor que esculpe misteriosos objetos que se encuentran armoniosamente, lo que no excluye la presencia de un tembloroso y poético misterio, encuentros en su latreaumontiano estudio-de-disección, o bien objetos y restos que, tal un disjecta membra, son sometidos a un baño de color, transformados inequívocamente por dicha acción.    Despojos con frecuencia hallados en la naturaleza o bien en chatarrerías y ubicados (o aproximados), tal cual, en sus conjuntos pictóricos  o, tal vez, pintados[5] (o los pintó el azar del paso del tiempo, el abandono, el agua, sol o la herrumbre).   Es infinita esa riqueza abandonada (Edgar Bayley): chapas encontradas, pareciere comprimidas por un Juan Chamberlain asolado y mesetario.   U otrora presentando objetos de aire más surreal, como sucede en varias esculturas recientes, de 2016: “Conjunción”; “Fuente Perséfone”; “Fuente Duíno”; “Mosca y bala” o “Rastro”.  Un deje conceptual se desvela en otras reuniones objetuales, tal sucede en la misteriosa “Caja” de elementos concéntricos (2016).   Subrayando cómo en algunas de ellas, ciertas ya citadas, la letra toma posición acogiéndose León a esa extensa cofradía artística de letristas de la historia del arte contemporáneo: Sarah Grilo, Milos Jonic, Michaux, Millares, Georges Noël, Cy Twombly o Wols.

Puebla el interior de su estudio en Segovia un extraño bosque de objetos encontrados que, a su vez, se hallan hermanados con lienzos, mas también con ciertos pecios de la pintura (fueron albas las camisas ensangrentadas que se apoyan en las sillas tras la brega) o bien con frecuentes presencias arribadas de la naturaleza, a modo de extraña wunderkammer: hojas y flores secas, minerales, ramajes, troncos, inflorescencias o nidos, misteriosos restos naturales, en su especial interpretación de lo maravilloso visto por los temblorosos ojos de este artista.   Aquel microcosmos le permite componer esculturas como la hermosa letrista “Preludio” (2016), y su “pre-pre-pre”, letras corpóreas, en una suerte de lírica afásica y beat o bien, entre las más inquietantes, sus “Acoplamiento (los vidrios rotos)”, de ese mismo año, -un saludo a Marcel, y a su mermelada: la misteriosa fragilidad de las roturas nuevamente encontradas y recompuestas[6]-, devolviendo al mundo ese aire que tiene León de elevar creaciones, apenas con un noli me tangere.

Un creador de las pinturas llenas, restallantes, derramadas, a borbotones, pareciendo conmemorar lo visible, semejare impelido por la llamada de imperiosas necesidades de afrontar nuevos caminos, o bien sugerir de inmediato la posible extinción de las imágenes reconocibles.   Activando espacios, parecen proponer sus pinturas, -pienso en Clyfford Still-, apaguemos luces, “los cuadros tienen su propio fuego”[7].     Enfrentado en la soledad del estudio con la pura visibilidad, tal si tentare la búsqueda de su verdad este pintor en declarada tensión emocional, indagador de una intensificación de la visión. Y, a modo de ciclos o estaciones, hay también otro pintor, contenidos los excesos, es el mismo quien genera misteriosos espacios en blanco, tal frenazos en la acción.  Espacios para pensar, veo sus pinturas a veces invadidas de negros como presagios o magmas de color que me desplazan a un espacio de consolación.   Constelaciones o aguas sedimentadas, remansos que este pintor parece con frecuencia haber representado y fotografiado (“Galisteo”, 1997 o “Reencuentro”, 2004).   Y hay un artista soñador de lo negro, que se desplaza desde el exceso del color, tal un ejercicio ritual, a la contención (si fuere posible) del colorido, al descanso ejercitando espacios de negritud, que me recordaba tanto a la pintura china, siempre por él elogiada, mas también al Goya más negro, y al de ese grabado de “Los Caprichos”, “Volaverunt”[8].   Como los “Blind spots” de Pollock o los negrísimos de Soulages, son negros mate, aquelarre, enigmáticas fermentaciones[9], atezados leves tal lloviznas, apenas humo sobre el soporte o, bien, brillante negritud aceitosa de aspecto líquido.  Tomo el “Pollock” del poeta O’Hara, suscribiendo lo relativo a los cuadros negros del norteamericano: “They are disturbing, tragic Works. They cry out”[10].

Claro, se infiere, también puerta abierta al abismo, tal la boca que exhala y engulle: está poblado el abismo con el pánico de todas las posibilidades: las sombras, el eco, la nada o la ceniza, mas también la esperanzada (‘consoladora’, escribí antes) luz y sus construcciones.  Empujados hacia ese misterio, siempre el misterio, lo otro tienta el abismo,  y parece ser dicha inmersión en la ceguera, la necesidad de abandonar lo conocido, el de-venir del artista.   Sí, construyendo con negaciones, cuerpo a cuerpo con la pintura, inmerso nuestro artista en una suerte de presente instantáneo, pienso a veces en León con aquello que Octavio Paz señalara de Picasso[11]: la frecuentación de las representaciones que parecen desfigurar o negar, ejerciendo un quehacer pictórico viajero gozoso entre las excepciones, las desviaciones y las disidencias.

Y hasta gozoso resuena en sus creaciones lo oscuro y telúrico.  Pintar con el negro: pánicos ejercicios a los que veo una extraña proximidad con sus fotografías de paisajes, tocones, reflejos o aguas estancadas, remansos o cristales empañados durante el viaje del invierno, imágenes en blanco y negro (2008): “¿Veis ese charco que recoge y refleja la luz del final de un día? ¿Veis el camino mojado tras de una tarde lluviosa?,  ¿Veis árboles podados con saña allá al fondo? ¿Veis huellas de otros viajeros, signos de otros pasos, líneas de otras ruedas?  Lo que algunos llamamos pintura es el reflejo de todo ello, de ese charco, del resplandor callado de un momento crepuscular, del aura de esa gasa apenas visible que vela nuestra mirada cuando creemos ver y solo logramos sobrenadar las ondas de un agua inocente que recibe y rebota la representación un sucio cielo”[12]. Recopiló otrora el artista sus personales (pop)documentos básicos, pinturas realizadas sobre el papel de hojas de revistas norteamericanas de gran formato, durante su estadía en Nueva York de los ochenta, componiendo una suerte de territorio de investigación en aquellos complejos años de ilusión y alejamiento.

Preocupado por los misterios de la naturaleza, tiene algo su ser, -literario, musical, filosofal y filoverbista-, de constructor de una cierta e inquieta, incansada, gesamtkunstwerk vital.   Artista de lo medido, viajero entre las preguntas sobre lo frágil o lo sublime, pero también del coraje y el arrojo artístico desde un presupuesto, eso sí, del conocimiento del proyecto que emprenderá y el momento adecuado para hacerlo.   Tientan sus formas algo imperioso que llega, tal si ardiera la necesidad de un relato tras la contemplación.

Poético accionista conceptual (si el caso fuere posible), tal se dijo, algunas de sus últimas creaciones se componen en encuentros entre pinturas y objetos, bastidores con letras o elementos encontrados, al modo de instalaciones totales (y muy poéticas).   Tienta el artista una pintura, que erige como un poema, como el borrador de un poema al que seguirá otro, también impregnado de esa belleza permanente, por no conclusa.

Pintor de formatos considerados convencionales, mas también ejecutor de pinturas aplicadas sobre lienzos de formas diversas, como el “Reencuentro” (2004), pareciere herederos de sus investigaciones support-surface vistas en Vandrés, tal el reproducido “Recto-Verso” (1975), eran los años ochenta.    Pareciere nuestro pintor extender su sed hacia la representación de una secreta energía del mundo que le rodea, sin excluir obscuridades, orbe de lo real mas elogiador, en lugar capital,  del misterio.  Pintor semejare en ocasiones jubiloso, otrora parece inundado por un contenido tremor, que desplaza a su representación.

Pienso es nuestro pintor otro imaginativo introvertido, viajero entrópico rumbo hacia la pintura, en sus palabras[13].  Pinta con los dedos, Carlos León, un vengador[14] encarnizado aplicando la pintura mediante gestos corporales que, realizados en frecuente compañía de música, le aproximan a la lucha o a la danza, tal un baile a la deriva[15], sonora soledad que acompaña del tan-tan frenético del golpear los dedos o la sonoridad de la mano arrastrando sobre los bastidores de dibond.

Necesitamos un lenguaje para nuestra ignorancia, decía Gombrowicz.    Emergen, espléndidos, los paisajes tras la lucha o la duda, tal acontecimientos que merecerá la pena revivir.    Hierofanía del rojo[16], quedan las camisas enrojecidas tras la batalla, como las viejas prendas ensangrentadas que vi en la infancia en los empolvados museos militares.   Cuerpo fatigado y manos ardientes tras concluir la sesión de pintar.

Creció, salvaje, la flor de su cólera[17].

 

____________________________

[1] PALAZUELO, Pablo. Poemas.  Una antología de Alfonso de la Torre.  Madrid : Ediciones del Umbral, Colección Invisible, Nº 1, 2016, p. 13

[2] LEÓN, Carlos. Abrosyne.  Barcelona: Fundación Arte y Mecenazgo, 2017.

[3] Título de una de sus primeras exposiciones en “La Cúpula”, Madrid, Septiembre-Octubre 1986.

[4] Tiziano. Bacco e Arianna, c. 1520-1523, Óleo sobre lienzo, 176,5 x 191 cm. National Gallery, Londres.  Tomé esta nota, entre mis lecturas: nos cuenta Piglia sobre las decisiones titulares que Rothko, al titular “Light, Eart hand Blue”, “puede ser visto como Luz, tierra y cielo o como Claro, marrón, azul”.     PIGLIA, Ricardo.  Los diarios de Emilio Renzi.  Un  día en la vida.  Barcelona: 2017, p. 264.

[5] Es el caso de “La confesión” (2013).

[6] DUCHAMP, Marcel-CABANNE, Pierre.   Conversaciones con Marcel Duchamp.  Barcelona: Anagrama, 1967:  “Durante mi ausencia se expuso en una manifestación internacional en el Museo de Brooklyn. Las personas que lo devolvieron a casa de Katherine Dreier, a quien pertenecía, no eran profesionales y no prestaron atención.  Pusieron dos Verre uno encima de otro, en un camión, planos en una caja, pero no muy bien embalados, sin saber si era vidrio o mermelada. Al cabo de 60 km era, en efecto, mermelada. Lo único que resulta curioso es que los dos Verre estaban uno encima de otro, y ello hizo que se rajaran por los mismos lugares”.

[7] La cita sobre Still es de AUPING, Michael. “Clyfford Still y Nueva York: el Proyecto Buffalo”. En: Clyfford Still. Madrid: Museo Nacional Reina Sofía, 1992, p. 38.

[8] “Volaverunt”.  Aguafuerte, aguatinta  y  punta seca. (219 x 152 mm). Plancha 61 de la serie de “Los Caprichos”. Sobre papel no verjurado con márgenes (315 x 215 mm) y antes del biselado de las planchas.  2ª edición de 1855.  Harris 96 III, 2.

[9] “(…) las enigmáticas fermentaciones que tienen lugar en la oscuridad de lo enterrado, en el negro regazo que espera nuestra llegada”. LEÓN, Carlos. Abrosyne. Op. cit.

[10] O’HARA, Frank.  Jackson Pollock.  Nueva York:  Georrge Braziller, Inc., 1959, pp. 30-31.  Y, recogiendo las palabras de Alfonso Ossorio: “We are presented with a visualization of that remorseless consolation-in the end is the beginning (…)”.

[11] PAZ, Octavio.  Picasso: el cuerpo a cuerpo con la pintura.  En Los privilegios de la vista I. Arte Moderno Universal. México:  FCE, Círculo de Lectores, 1994.

[12] LEÓN, Carlos. Abrosyne. Op. cit.

[13] LEÓN, Carlos. New York-Madrid (Correspondencia con José Luis Brea).  En Hortus Hermeticus.  Madrid: “La Cúpula”, 1986 (exposición antes citada).  El término “imaginativo introvertido”, referido a Palazuelo está explicado en: DE LA TORRE, Alfonso.  Pablo Palazuelo: Paris, 13 rue Saint Jacques (1948-1968).  Madrid-Alzuza: Fundación Juan March y Fundación Museo Jorge Oteiza, 2009-2010.

[14] “Tal vez la actividad artística no sea sino un intento de ajuste de cuentas con la existencia. El artista es un vengador, alguien que clama ante la angustia del existir desde la voluntad de goce y la sed de conocimiento, alguien que, como decía Georges Bataille, practica el oficio “de convertir la angustia en delicia”…especie de alquimia concebida en el trenzado de elementos racionales e irracionales, luminosos u obscuros, convocados en el intento de superar el espanto ante la pulsión de muerte”.  LEÓN, Carlos. Abrosyne. Op. cit.

[15] “Toda práctica artística tiene algo de navegación a la deriva”. LEÓN, Carlos. En Ibíd.

[16] DE LA TORRE, Alfonso.  Manolo Millares. La atracción del horror.  Cuenca: Genueve Ediciones, 2016.  “Sí, hierofanía de los rojos tal símbolo de vida y muerte, pues sabido es que para el mundo prehistórico el encarnado era el color con el que se pintaba el lecho mortuorio (…), vindicadora del rojo hematíe como símbolo  del pigmento de lo sustantivo.   Aquel con el que los primeros hombres, -“Adán” quiere decir “rojo” y “viviente”-, realizarán los muros de tierra, el emblema de la sangre y, por tanto, de la vida.   El primer color que ve el niño a su salida del útero materno.  Así, la obra millaresca parecería referir que la pintura sempiternamente habría hablado de lo mismo.   La muerte que, en el camino de la reflexión pictórica, parecería conducir hacia una cierta abolición del tiempo y a la aceptación del punto final de destino”.

[17] Recreo un verso frecuentado del iracundo, mas tan necesario: BERNARD, Thomas. In hora mortis/Bajo el hierro de la luna.  Barcelona: DVD Poesía, 1998, p. 15.