ALFONSO ALBACETE: PINTURAS DE GUERRA VERSUS GOCE (Y TORTURA) DEL PINTAR

ALFONSO ALBACETE: PINTURAS DE GUERRA VERSUS GOCE (Y TORTURA) DEL PINTAR

Texto publicado en el catálogo
PINTURA-PAINTING?
Madrid, 2018: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 28-58
[Intervenciones de Alfonso Albacete, Irma Álvarez-Laviada, Marta Cárdenas, Menchu Lamas, Carlos León, Juan Ugalde en el contexto de ARCOmadrid 2018.  En colaboración con Ayuntamiento, Comunidad de Madrid y Ministerio de Educación, Cultura y Deporte].

ALFONSO ALBACETE: PINTURAS DE GUERRA VERSUS GOCE (Y TORTURA) DEL PINTAR

[PREÁMBULO EN MALINCONIA]

 

Un espacio de color gris azulado sosteniendo el trazo dibujado de unos limones en su parte superior, era una pequeña serigrafía sobre papel[1].  Vibraban las verticales, verdes y azules, delineadas en extraños movimientos (así lo recuerdo).  Desde una visible joie de vivre, -y de peindre-, que veo próxima a la que destilan ciertos momentos inefables en la pintura de, por ejemplo, Richard Diebenkorn o David Hockney.   Es mi recuerdo de una exposición individual de nuestro artista en la galería madrileña Egam, bajo el título “Levante”, era 1982, y aquella obra gráfica una de las primeras que acompañarían mis días.   Pintando sobre la historia de la pintura, esta exposición sentenciaba algo que ya había sucedido en el mismo espacio, 1979, con otra exposición –“En el estudio”- que, en palabras de Bonet, cuestión de estilo, “ejemplificaba mejor que ninguna otra aquello que empieza a poder ser definido como el estilo de los ochenta madrileños.   En ella se agolpaban referencias culturales, tics, ejercicios, homenajes.  Pintura francesa, pintura americana, e incluso alguna más rara y desacostumbrada pintura española.   Un pintor se exponía, ‘son coeur mis à nu’”[2].    Tales muestras se encontraban en un espacio frecuentado por un conjunto de artistas para quienes era la pintura, el arte o -mejor- las artes, además de un esperanzado oficio, la vindicación de una forma (casi total), esencial, de vivir.   Luz en el semisótano, estoy pensando en algunos de los pintores de aquella generación de la galería en la calle Villanueva: Almela o Solsona, Aparicio, por ejemplo.  Luego encontré a Gerardo Rueda, buen defensor de estos novísimos, coleccionista también de un hermoso dibujo-bodegón de Alfonso Albacete (Antequera, 1950), colgado en su residencia conquense[3].  Para Rueda, lo hemos escrito otrora, este gesto -integrar la obra de un pintor joven en su colección- era sincero, destilado desde una admiración real por un nuevo y promisorio pintor[4].

Pinta el mundo desde su estudio quieto, empezó así y continúa.  Mira en derredor, contempla el exterior allende la pérgola o en la estancia, colorea en el campo sumergido a veces en la propia campiña, como le encontraba la cubierta del catálogo de su retrospectiva de 1988[5], hasta devenir  el pintor personaje del propio cuadro.    Beatitud carnal[6].   Qué goce la pintura, y el elogio del trabajo en el estudio, compartido con muchos otros pintores conquenses, algo que en Albacete no quedaba reñido con un permanente pensar en la pintura[7] y frecuentar nuevas tendencias[8].   Lo recuerdo, claro está, y su “Ventana al sur”, sus jardines o frecuentadas pérgolas (1980), visitando joven aquella sala bajo la cubierta del Museo Municipal, mítica “Madrid D.F.”, otoño del año ochenta[9].   Los artistas eran jóvenes, aquel tiempo nuevo, la sala del Museo recién reformada, era, aquella, verdaderamente una época promisoria.

Mas aquel era un tiempo, también, de vindicación de la pintura: ciertos pintores impresionistas (Albacete ha citado a Cezanne y Seurat), el cubismo, la luz matissiana o el expresionismo abstracto.  Y pienso ahora, viendo en mi mesa la portada de un catálogo prologado por Juan Manuel Bonet, en otros artistas nacidos o atrapados bajo la misteriosa luz de Murcia.   Claro, pienso en Gaya y en Bonafé, fundamental para nuestro creador, también en otro pintor olvidado, Aurelio, artistas fijados en aquel mundo, tentando representar reiteradamente el goce de la luz solar.  Pintores de la cofradía de los quietos[10]. He hecho a veces nóminas de artistas quietos, una particular cofradía que ha formado valerosa esencia de la historia del arte del siglo veinte: Juan Gris, Ben Nicholson, Marino Marini, Giorgio Morandi, Pancho Cossío, Luis Fernández o Esteban Vicente, y tantos otros.   También citamos ya Gerardo Rueda, Árpád Szenes, Carlo Carrà u Ottone Rosai.   Artistas (y hay tantos más) cuya obra merecería ese “intimations of reality”, intimaciones de la realidad, realidades íntimas, que escribiera Herbert Read sobre Nicholson, antes citado y quieto artista.   Como estos, tanteará Albacete el desconcertante misterio que sucede en derredor, la irrealidad de la certitud, mas también su opuesto, lo cierto de lo irreal elevado en el espacio: la inmovilidad de la escena, el suspenso del instante activando la imaginación.

El oficio de pintar, podría ser otra de las alusiones para definir a este verdadero metapintor, capaz de entonar himnos poéticos en sus hermosas performances de 1975 y 1976, algunas fotografías de las cuales se reproducen en estas páginas, mosaicos de un pasado casi accionista, tal las huellas corpóreas que permiten comprender esta intensísima vida de pintor sometida a la ausencia de distracciones   Performances luego elevadas en ósmosis hacia las pinturas, sus llamadas pinturas de guerra (c. 2000), representación de arquitecturas corporales, batalla del pintor embadurnado con los pecios del estudio, o devenido puntillista cuerpo, cuerpos a lo Oskar Schlemmer, revisitados por el ballet triádico (“Das Triadische Ballett”, 1922).

O, como ha escrito Albacete en esta publicación, un oficiante de este ritual bélico: “Pinturas sobre tierra, sobre agua, sobre hierba, llegar a pintar el propio cuerpo trastocando soportes y discursos, surge así la primitiva figura del chamán o del guerrero en preparación para el ritual, la fiesta o la batalla. (…) Cabezas cortadas, retratos imaginarios, maquillajes para gentes sabias son tesoros celosamente guardados como alimento del espíritu. (…) Chorreones, manchas azarosas, cicatrices, heridas, dibujos en la piel, testimonios de una ceremonia secreta con un solo oficiante. Visiones del paisaje tras una batalla. (…) El escaparate exhibe estas viejas modas que vuelven a estar al día (en otros escenarios) azuzadas por la melancolía, novedades en atuendos para futuros enfrentamientos, Pinturas de Guerra para conflictos desconocidos, coloridos camuflajes de placer y de dolor”.

Le veo, en ocasiones, hermanado al santo patrón de la abstracción de nuestro tiempo (el término es de Julián Gállego), a Fernando Zóbel, coleccionista de su obra[11].    El asunto metapictórico ha llevado a Albacete a plantear obras en las que aparecían pinturas o bien sus propias exposiciones, al modo del cuadro dentro del cuadro, alusiones a la historia de la pintura u, otrosí, el propio pintor elaborando el cuadro, instalado en el mismo tal un resorte especular y que le habrían hecho merecedor de su inclusión en la exposición reciente del Museo Nacional del Prado, “Metapintura.  Un viaje a la idea del arte”[12].

Vive el arte de tensiones y muere de distracciones, decía Zóbel.  Es viajero Albacete desde la mirada abstracta a la referencia figurativa, de los incendios a la quietud, del fragmento al totus, desde la planicie a los cielos, de la cueva a la casa[13], con frecuencia semejare el goce de la vida en el estudio, como refugio, tal un nuevo Xavier Maistre en su “Viaje alrededor de una habitación” (1794).   Entre la nocturnidad y la cegazón, pareciere embriagado contemplando desde la protectora pérgola hacia el paisaje, ha sido Albacete pintor de infatigada mirada, frecuentador de un cierto ejercicio de travelling en el mirar y en la forma de representar el mundo en derredor hasta poder concluir que el acercamiento a la pintura se produce en nuestro pintor de un modo inquieto y excéntrico, esto es, aun reconocidas ciertas de sus admiraciones pictóricas, hay algo desconcertante y radical en su forma de enfrentar el arte, -en su avance en la penumbra en múltiples direcciones, que diría Palazuelo[14]-, hasta situarse en un territorio que le pertenece, una acongojante tierra de nadie, con frecuencia restallante, que le es propia.

En ese sentido, nuestro pintor ha frecuentado una abstracción de extrema complejidad y ha sido capaz de tentar el encuentro entre la presencia de una cierta geometrización, -líneas o planos, superficies de color-, y la incorporación de elementos con aire azaroso.  En Albacete, sus diversas investigaciones -a través de ciclos que podrían versar en torno a la naturaleza, el objeto, lo interior, la figura, tramas o autorretratos- se entrecruzan, mas permaneciendo como el relato, la escritura pintada de un numinoso dietario.

Gozoso viajero entre los extremos, también su pintura puede ser superficie de grises o espacio para la exaltación del color, semejar mostrar geografías inefables a la par que menciones a un espacio de ceniza, lugares estos incendiados de grises y pardos, como el hermoso lienzo de mediados los ochenta “Dos calles conducen al sur”, -avenidas que parecen esperanzadas conducir desde la grisura hacia un nuevo amanecer al sur que llegará-, en la colección de nuestro Museo nacional[15].   O pinturas de calles de aire devastado, como sometidas al viento del grattage, estoy pensando en las periferias de Sironi contemplando su “Santa Águeda, Norte-Sur: Judith” (1986).     Grises de “Los cazadores en la nieve” (1988) y soberbios azules en sus vistas de “Viena” (1985).   Parecer su pintura densa y compleja, a veces casi barroca o bien encontrarse con momentos de extraordinaria gracia aérea, tal un don.  Pintor de tierras, pero de aguas y cielos, de lo sólido o lo fluido, el empaste pictórico pero otrosí la lisura, hay en su quehacer también algo de cavernario, tentador de las sombras de aquel que viera el mundo reflejado allende la caverna y que, misteriosamente, no cejará en toda su trayectoria en preguntarse por lo desconocido[16].

Elevando en el espacio imágenes, su pintura tiene algo de iluminación, atravesando las formas que concibe esa voluntad de indagar en torno a lo visible. Erigiendo símbolos, a la par que Albacete pinta como una necesidad, es el suyo un incesante viaje entre los códigos de la pintura.   Trayecto en el que queda claro que su pensar como pintor se realiza en torno a un desplazamiento, siempre interior.   Represente espacios interiores, o aún más cuando lo haga con los exteriores son enseguida deslizados por el ánima de quien los pinta, quedan heridos por su mirada de pintor.

Viaja Albacete sin complejo entre abstracción y figuración, a través de lo barroco y la geometría, inmerso entre las dudas sobre lo que somos, preguntándose también por las imágenes, algo de su quehacer parece establecerse en un universo de letargia, creando asociaciones misteriosas, sumergida su pintura en los arcanos de sus universos interiores.     Siendo capaz de tentar mostrar la luz cegadora del estío y la noche reverberante con eclipse[17], algo que ha frecuentado en su trayectoria, recordando su acongojante “Aire” (1987). Condensaciones en torno a relatos, narraciones de un contemplador estupefacto que contempla el mundo, viajan sus representaciones hacia un misterioso universo, tal un espacio suspendido plagado más de sugerencias que certezas, embargado por lo poético.   Semeja Albacete asomarse, autofascinado, a la realidad del mundo trasmutado en pintura, ¿será ese mundo pintado el real, más que el que ven sus ojos?.    Tienta reflejar la realidad pero sin dejar de latir un reservorio íntimo y poético, un lugar oculto, tal un espacio de resistencia, elevación de un cosmos embriagado en la pintura.   ¿Interior exteriorizado, interiorizado exterior?[18] Tal da, en Albacete se muestra cómo el espacio pictórico -como si emulase una patria lejana- es el único lugar donde pueden encontrarse un conjunto de imágenes que, procediendo de lo visible, se resuelven sólo en el acto de crear, es por tanto el arte un refugio, en palabras de otro artista “así pues, privada de reposo, la idea del espacio parece buscar sin cesar el infinito de la augusta presencia (refugio), moviéndose, en el infinito interior de la impotencia humana obsesionada por una visión, en ocasiones agitada y otras flébil, siempre desconsoladamente dirigida, mas en vano, hacia lo ilimitado”[19].    En su agitación, el arte propone también el olvido o el sueño de un nuevo comienzo, la verdad de un nuevo vivir en la pintura.

 

______________________________

[1] Al modo de su ciclo de 1981, “Ulises. Naturaleza muerta con limones”.

[2] BONET, Juan Manuel. Cuestión de estilo. En MADRID D.F. Madrid: Museo Municipal, 1980, s/p

[3] Alfonso Albacete. Frutas, 1981. Dibujo a lápiz y gouache sobre papel. 70 x 100 cm. DE LA TORRE, Alfonso.  Gerardo Rueda, sensible y moderno. Una biografía artística.  Madrid: Ediciones del Umbral, 2006: “(…)  Rueda fue defensor coleccionista de la obra de muy jóvenes pintores.  Reivindicador de la necesidad de “la presencia de las cosas leves” (1995): pintores tan desterrados de la memoria, como Washington Barcala, sobre el que proclamó su lado “raro”, ignorado pero “con peso específico” y, por ende, sicum Rueda: “admirable”.  También fue artista, raro, frecuentador de galerías por el mero gusto, ajeno al día inaugural, de encontrarse a solas con la pintura.   (…)  Evocando cuadros colgados en sus casas, o comprados para amigos, desde finales de los setenta, recuerdo las obras de: Alfonso Albacete, Alfredo Alcaín, Fernando Almela, Gerardo Aparicio, Luis Canelo, Marta Cárdenas, Dorothea Von Elbe, Fernández Muro, Pello Irazu, Francisco Lagares, José María Lillo, Gonzalo Martín Calero, Emilio Parrilla, los Pérez Mínguez, José Antonio Pérez de Vargas, Guillermo Pérez Villalta, Ginés Sánchez Hevia, Pablo Sycet o Alberto Solsona por poner algunos ejemplos que vienen a la memoria.    De muchos de ellos fue, además, buen y fiel amigo.   No olvidemos que para Rueda colgar un cuadro era siempre un hecho, como la mayoría de los de su vida, sincero, producto de una admiración real”.  En Ibíd. p. 238.

[4] Está relatado también en: DE LA TORRE, Alfonso.  Gerardo Rueda.  No estando al día.  Madrid: Ediciones del Umbral, Colección Invisible nº 3, 2017.

[5] Museo Español de Arte Contemporáneo, Alfonso Albacete, 50 obras (1979-1987), Madrid, Abril-Mayo 1988.

[6] CALVO SERRALLER, Francisco. La beatitud carnal del Levante.  Madrid: “El País”-“Artes”, 6/II/1982, p. 2.

[7] Estoy pensando también en sus pinturas de mediados de los setenta en las que reflexionaba sobre obras de la historia de la pintura, como “La cocinera en la despensa” (1975), Acrílico sobre lienzo, 89 x 116 cm. de la colección de la Fundación Martínez Guerricabeitia, basada en una obra de Franz Snyders.

[8] Este párrafo alude a su exposición en EGAM, 1979, “En el estudio”.  También viene a mi memoria su presencia en el programa de Paloma Chamorro, “La edad de oro” (26/II/1985) y su reflexión sobre la música de J. J. Cale.

[9] Museo Municipal, MADRID D.F., Madrid, Octubre-Noviembre 1980.  Luego sería incluido, en una parte de la itinerancia, en “1980”.

[10] DE LA TORRE, Alfonso.  Aurelio Pérez, luz quieta.  La cofradía de los quietos.  Murcia: Museo de Bellas Artes-MUBAM, 2016.

[11] Estoy pensando en la incorporación de una de sus obras de la exposición “En el estudio” (Galería Egam, Madrid, 1979), a la colección del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.

También pienso ambos pintores, Zóbel y Albacete, han representado imágenes vinculadas al fútbol.

[12] Museo Nacional del Prado, Metapintura. Un viaje a la idea del arte, Madrid, 15/XI/2016-19/II/2017

[13] Estoy recordando su exposición “La casa” en la galería Amparo Gámir, Madrid, 31 Marzo-30 Abril 2005.

[14] DE LA TORRE, Alfonso. Pablo Palazuelo: Inextinguible llama.  En Pablo Palazuelo. Poemas.  Madrid: Ediciones del Umbral, Colección Invisible nº 2, 2015.  Vid. p. 7 y el poema “Stir”.

[15] “Dos calles conducen al sur”, 1986, óleo sobre lienzo, 150 x 200 cm.  Colección Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (AD02556)

[16]  Alfonso Albacete ha reiterado la frecuencia con que ha reflexionado sobre los espacios abiertos y los espacios cerrados, al modo de una constante de su trabajo, que quedaría certificado en series como “Cueva Negra”, mostrada en la galería Amparo Gámir (2002).

[17] Estoy pensando en el hermosísimo “Destiempo 5. Medianoche“ mostrado en su última exposición en Marlborough (Madrid, 2017).

[18] “Hay ahí una relación con la pintura que cambia según se plantee en un lugar exterior o interior. El interior siempre lo identifico con el estudio o con el espacio expositivo y la situación exterior, el paisaje que siempre es un fragmento de algo porque es un elemento completo en el que te tienes que reducir a una parteEl interior es algo mental, algo que sale de tu cabeza. En cambio el paisaje exterior tiene algo de abstracción donde aparecen muchos elementos de azar”.

ALBACETE, Alfonso-CAMARZANA, Saioa.  Alfonso Albacete: :“En el arte partes de algo útil para convertirlo en algo simbólico”.  Madrid: “El Cultural”,  19/IV/2016.

[19] PALAZUELO, Pablo-TORRE, Alfonso de la (ed). Cuaderno de Paris, 1953. En Pablo Palazuelo. Paris, 13 rue Saint-Jacques (1948-1968).  Madrid-Alzuza: Fundación Juan March-Museo Oteiza, 2010-2011.  Cortesía de la Fundación Pablo Palazuelo.