YUTAKA MORI-EL SILENCIO

YUTAKA MORI-EL SILENCIO

EL SILENCIO DE YUTAKA MORI
por
ALFONSO DE LA TORRE
Gijión: Galería Gema Llamazares, 6 Julio-30 Agosto 2017

 

“Realmente hay en él un incurable desorden, y es preciso acercarse mucho para ver algo”, escribirá Franz Kafka a su prometida Felice Bauer, refiriendo aquel su propio libro.   La primera cuestión a la que nos enfrentamos al contemplar y reflexionar en torno a los trabajos de Yutaka Mori (Tokio, 1956) es, justamente, ese aire de declarada dificultad ofrecido al contemplador, componiendo nuestro artista las obras al modo de una óptica inversa, esquivando u ocultando (o dificultando) por lo general el acontecimiento que, en la historia secular del arte, se ha desarrollado en el plano de la visión. Y optando, por el contrario, en construir su obra con lo que podríamos llamar una poesía del fragmento, versos elevados entre el elogio de lo mínimo, construcciones concebidas con paciencia y mimo mediante detenidas células geométricas o microespacios erigidos en diversos niveles de visión, cuyo interior parece incandescer, tener vida.     Reflexiona así Mori sobre el par fuera-dentro, lo exterior y lo que se esconde o adivina en el interior, y otros duplos tal: ver-cegar; abrir-cerrar o descubrir-ocultar. Recortando, superponiendo y pintando, componiendo entre los huecos, elevando o descendiendo formas, representando por tanto versus ilusionando, así plantea este artista una obra armada lentamente mediante esos microespacios semejare suspendidos en el aire, -acerquémonos mucho para ver algo-, pues son frecuentemente los papeles o cartulinas sostenidos con alfileres o pequeños elementos metálicos y deviene su trabajo portador de un aspecto de liviandad, tal algo planteado leve, como un apunte sostenido en la pared o la nota que debe recordarse. Como un rumor bello frente al taxativo rigor del mundo de la perspectiva o el plano, la durabilidad del óleo y el lienzo, la detención del pegamento, los materiales nobles de la creación, los metales en la escultura, el gran proyecto artístico o la seriedad -a veces casi un rictus- de la historia del arte.

Componiendo con los vacíos, -el aire susurra entre los planos diversos de papeles o cartones-, Yutaka propone otra vía: una delicada subversión en la mirada y espacio de la pintura, pudiendo devenir la creación entonces, antes que una sentencia rotunda, un mapa tembloroso y múltiple capaz de comenzar a desvelarse en el acercamiento lento al objeto artístico.   Tentemos situarnos frente a una de sus obras, baste un silencioso paso o giro del rostro, -a un lado o al otro-, un leve desplazamiento del ojo y puede desvelarse tras ese sencillo gesto un espacio fantástico que, más que sentenciar la existencia de la inmutabilidad de la imagen, parece retornarnos al comienzo y concluir que todo está por ver.   Como Borges, descifrando lecturas con libros pegados a los ojos, una de las conclusiones de la contemplación de tales laboratorios erigidos mediante planos por Mori, estas esculturas de papel, aire y color, -cerrados mas plenos de historias particulares, inmersos en su particular locura de la luz (Blanchot)- mudez del blanco mas saturación del color, es cómo la ficción del objeto artístico depende de la posición del espectador y, más importante, cuál sea la verdad de su actitud, su sinceridad. Mori plantea también cómo la creación, a su vez, puede permitir la verdadera expansión de la contemplación, el goce silencioso, al fin la verdadera visión generadora de un nuevo acontecimiento, tal un espacio fantástico que no hallare fin. Imposible concluir la lectura.

Otro pintor oriental llegó a mi memoria cuando pensaba en estas letras: Fernando Zóbel, defensor del pintar con papel frente a su amable desprestigio (son sus palabras).   En un texto que este escribiera sobre Gerardo Rueda refería su pintura como tranquilamente emocional, sutil y elegante o, también, mencionaba el aspecto que, tal joyas, tenían algunos de sus collages realizados con humildes papeles de seda. Pensé así que la voz de Zóbel se aproximaba a ciertas cuestiones reflexionadas por Yutaka Mori. Sí, remansos de plácido disfrute donde el ojo era acariciado evocando también, decía Zóbel, las miniaturas medievales.

Invité a Mori a un proyecto expositivo, “El trabajo de lo visible” (2014), una reflexión sobre nuevas geometrías, pensando sin duda que su obra representaba otra forma de mirar: la pregunta en torno a si no serían las imágenes una concentración de energías, racimo de fuerzas que, bajo las apariencias de formas, colores o líneas, símbolos, nos abocan, de inmediato, al concepto sabido de espacio y tiempo. Ahí escribí cómo mediante delicados equilibrios de materia y color, el quehacer de Mori se había instalado, desde nuestro tiempo, en un territorio lejano, proponiendo, entre el artista y el espectador, un viaje de va y ven, interrogando las apariencias de lo real.   Mundo de radical poética, viajero desde lo aparentemente abigarrado a un sólido lugar de extrañamiento. Elogiando gozoso, parecía, la vibración del color entre las tinieblas.

Pues es cierto que Mori plantea con delicadeza una completa inversión del sentido original del arte cuyo paradigma principal consistiría, justamente, en el encuentro del espectador con lo patente de una imagen, su supuesta claridad. Mas bien, nuestro creador revela cómo el arte puede ser también un permanente latir de preguntas sobre la posibilidad, ¿o la imposibilidad?, del ver.   Como en la escritura o en la pintura oriental, su creación refiere la necesidad del abandono del sentido y una cierta suspensión de la experiencia y, entre tanto, la devolución al espacio de un lugar para pensar, un nuevo territorio para las reflexiones sin fin. Arte de la distancia y de la escala, también el tiempo del ver deberá ser otro diferente al que ejercen los espectadores en el museo o en la sala de exposiciones, entre la rutina y tráfago del brillo itinerante de los grandes nombres de artistas.   Pues Mori, más que ofrecernos el “ver”, pareciere interrogarse -y preguntarnos, claro-, por un nuevo código de la visión, sometida ésta a diversos ordenamientos, combinaciones, estructuras, alea de pequeñas formas o colores apenas compuestos por movimientos y distintas alturas de los planos que, otrosí, nos recuerdan la música, la partitura, la maquinaria, la arquitectura, la caja oriental, el origami, las formulaciones científicas y los enigmas matemáticos, más también el ajedrez y el pintor que lo amaba, Duchamp.

Contemplo la obra de Yutaka y se abren los planos, parecen respirar los signos, tiembla su luz de apariencia cerrada, revelándose entonces mundos misteriosos de significados múltiples y estableciéndose, más que certezas, ciertos relatos de una excepción.   Pintar tal componiendo versos, formas similares a un pensamiento, pareciere nuestro artista reservado en la acción, jeroglífico en vez de logos.

Mundo primoroso, construido con las manos, con elementos delicados: mínimos planos de papel o cartulina, bandas o formas de pintura, pequeños alfileres o soportes que le permitirán, situándolos en diversos niveles, la elevación de un espacio quieto mas que parece presto al movimiento, como el still de una imagen. Arte de la elipsis, de la voz baja y la elocuencia de lo mínimo, quizás lo más singular al definir sus modos de hacer sea, justamente, la dificultad de hallarle comparación en el mundo del arte. He recordado, y citado recientemente a Mori, en un hermoso verso de Palazuelo, otro imaginativo introvertido: avanzando en la penumbra en múltiples direcciones. Geómetra desplazado Yutaka, algunas de sus obras parecen rememorar la ilusión cinética, en su preocupación por las formas relativas del ver y su encuentro con el contemplador, mas nuestro artista lo desdice de inmediato por la frecuentación de otros modos de silencio. Parece a veces no explicar y más bien expandir el elogio de una cierta percepción distraída (aquello que decía Benjamin sobre las formas de ver del flâneur en la ciudad), disolver las relaciones, disgregar el sentido.

Cuadros de difícil fotografiado y compleja reproducción en publicaciones, quedan condenados a su representación entre el escorzo y la pregunta.   Composiciones con frecuencia apresadas en cajas traslúcidas, tal mariposa cazada entre la luz de la primavera, inaprehensibles, casi inexistentes si no son sometidas sus obras a la experiencia irremplazable del ver que es, entonces, necesidad. Ver se convierte sí en una necesidad, y dicha necesidad explicará, a su vez, el ver.   Y Mori parece así conducir su obra, con sigilo, a la exigencia de concentrarnos en la esencia de la creación: la obligación de contemplar, sólo y nada más que esta experiencia permite el desciframiento.

Epifanía del desciframiento pues devenido así el contemplador un descifrador, nuestro artista muestra, a la par, cómo no hay nada más real ni ilusorio que el acto de ver, sometido a una sucesión de acciones sin aparente conexión visual, en una gramática que no es el tránsito del par causa-efecto, sino más bien el establecimiento de un relato, que le es gozosamente propio, como investigación de las formas.

Vengo escribiendo en estos días sobre los caballeros de la soledad, una cofradía de los quietos, extensa nómina de artistas que eligen, o eligieron, el apartamiento del mundo. ¿Mudez, soledad?. Leía hace poco esta cita de Saussure, recordando a nuestro artista: “un hombre que habla otra lengua suele ser fácilmente considerado como incapaz de hablar”.

Mundo con aire del revés, tal un sueño dirigido, el relato en Mori comienza a contarse por el final. Como otros grandes artistas, parece nuestro creador rechazar el mundo. Adelante.   El silencio queda bien explicado en sus formas visuales, en las imágenes de sus construcciones que tienen un aire riguroso sin perder por ello su carácter delicado, efímero y fragmentario, elogiador de la posibilidad de crear mediante una suma de acontecimientos mínimos, pareciere a la búsqueda del último contemplador de la obra de arte.

Libro interior de signos ignotos, ese silencio del artista, negado con frecuencia al encuentro con los otros, permite comprender cuál sea su verdadera dimensión.   Silencio. No ha de preocuparse.

Es la hora de la poesía. Oigo su voz, a lo lejos, en el silencio.