ROSA TORRES-UN NUEVO PASEO POR EL ARRIÈRE-PAYS DE ROSA TORRES

ROSA TORRES-UN NUEVO PASEO POR EL ARRIÈRE-PAYS DE ROSA TORRES

Texto publicado en el catálogo
NUEVAS IMÁGENES-NEW IMAGES
Madrid, 2017: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 242-261
[Intervenciones de Alfredo Alcaín, François Bucher, Joan Fontcuberta, Miki Leal, Guillermo Pérez Villalta, Rosa Torres, en el contexto de ARCOmadrid 2017. En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

UN NUEVO PASEO POR EL ARRIÈRE-PAYS DE ROSA TORRES

A Yves Bonnnefoy, in mmeoriam

 

Vagaba, en aquella canícula del verano, entre la lectura de “L’Arrière-pays”[1], de Yves Bonnefoy. Viajaba con parsimonia, -hubiese sido mejor escribir-, por las veredas de ese “verdadero lugar” interior, trayecto realizado en el marasmo del territorio del verbo, y sus palabras me transportaban, y llevaban a éstas de inmediato, hacia los mundos pintados por Rosa Torres (Valencia, 1948).   Epifanía del lugar, malinconia vagabunda de la mirada en pos de los paisajes, que ha atravesado secularmente el arte desde las primeras vistas asomando en las escenas del Fra Angelico, el del paisaje dulce y rosado[2]. Sed de reposo en la esperanza arbolada o en el mar quieto. Nostalgia de luces entrevistas, estremecimiento de los pintores al caer la tarde, en la efímera placidez que baña la campiña, en el temor de la tormenta o el vértigo nocturno. Mas no se olvide que el paisaje llega al arte con las primeras angustias de la conciencia metafísica, relatando las relaciones del ser humano con la morada en donde habita.   Tras abordar el retrato de los cuerpos el pintor podía elevarse entonces para contemplar el latido del alma del mundo.

Pintura de paisajes o paseo entre los mismos concebidos con el pretexto de la historia del arte[3]. Al cabo, obstinada, nuestra artista ha parecido defender sin fatiga, elevando constante sus imágenes entre nosotros, el deseo impenitente de que, en el espacio secreto que constituye el misterio de vivir, -otro país de tiniebla ubicado entre la penuria y el deseo-, se reinvente una esperanza. No es vana tarea. Hete aquí pues -parece suscribir Torres- el torpe mundo de las apariencias que es deber traducir, devolviendo a aquel el rostro de una presencia. Intento de reconstruir la naturaleza de las cosas o ensayo del desciframiento de los signos, tarea empírea construida desde la reflexión sobre la tela, sustanciada ésta mediante elementos frecuentemente llevados al límite y formalmente resuelta con un lenguaje esencial mas extenso, conciso pero plural en cuanto al uso de recursos visuales, a la par que restringido deliberadamente a una elemental soledad: la de las líneas y los planos de color aplicado directamente, inundada nuestra Rosa por la locura de la luz, que diría Blanchot.

Inventora -en sus palabras- de paisajes, imaginadora de lugares[4], pensadora de posibilidades[5], viajera incansable detenida siempre su mirada en un punto quieto, referir a Rosa Torres, su peripecia vital incansable sobre asuntos que sempiternamente han rozado idénticas cuestiones, es indisoluble de la mención al paisaje, que vive en ella no tanto como una experiencia más de su pintura, como un género a cultivar entre otros varios sino, más bien, como un totus que le constituye, perteneciéndole irrenunciable tal su verdadera estirpe de artista. Como un elemento esencial que ha compuesto su vida desde el existir en tierras paternas, entre la umbría de los bosques turolenses refrescados por el agua fría del pequeño río Rubielos deslizándose entre los árboles y planicies pintados ya por su ancestro Luis Torres[6]. Errancia de la pintora entre los pinos, flâneuse de un mundo natural que, también, ciega sus ojos, mas decidiendo desterrar de éstos, en especial durante los meses veraniegos, las luces de las ciudades que cautivaran al mal llamado ‘mundo moderno’, pasando a detenerse en un lugar que, como precisaremos, no es menos inquietante que las calles, sus neones y rincones ocultos, vistos por los surrealistas. En este punto obviaremos la consabida cita a Rosenblum, cuya lectura aconsejamos, eso sí, recordando cómo la mirada sobre la naturaleza, “la ilimitada energía del paisaje”[7], la belleza convulsa del cosmos, no está, ni mucho menos, lejana del más hondo sentido moderno.   Subrayaremos, también, que el asunto del jardín ha supuesto hondas reflexiones de poetas contemporáneos, y estoy pensando ahora, quizá por personal pasión, en la metafísica voz de Claude Esteban y clásicos suyos tal “La saison dévastée” o “Conjoncture du corps et du jardín”[8], que también le iría a “El Parque”, una de las imágenes de la tríada propuesta por Torres en Preciados.

De nuestro tiempo es también la práctica constante que la pintora hace de la repetición, -otro elemento que surca la modernidad, ya vindicado desde que Proust refiriera a Vermeer[9]-, variación o flujo de las imágenes que, de este modo, en su impermanencia, en su constante deslizar las unas entre otras, parecen sugerir la abolición de la escritura que propuesta fue en un comienzo, pareciendo así mostrar la movilidad, la libertad infinita, los límites rotos. Quizás la citada tríada que se muestra en Madrid, a la que unimos “Penyagolosa” y “Tossa de Mar”, alude a esa gozosa reiteración en torno a asuntos que le han ocupado hace decenios. Detención en el nuevo ensayo, a veces con mínima variación o imperceptible cambio respecto a otros anteriores, salvando así del olvido, a la par pareciere que conmemorando ciertos elementos cuya brevedad les supusiera la condena a perecer, extinguidos en la plenitud de su fugacidad: el color de un cielo al estallar el día o la tarde cayendo entre el camino hacia el bosque[10], el agua que serpentea danzarina entre la umbría, o la copa de los árboles a los que el viento pareciere llevar a un escorzo, en definitiva: silencio, quietud: aquello jamás volverá.   Parece así recordar la pintora, -en esta memora de los acontecimientos de apariencia menor que sigilosamente, empero, constituyen el ser y tiempo-, la historia de la extinción del sujeto, un asunto que no es baladí pues habría supuesto, precisamente, la esencia del arte de nuestro tiempo, siendo necesario recordar en este punto dos de las corrientes más clásicas en ese empeño por la aliteración y la metamorfosis de las formas: el cubismo y la abstracción. Y, frente a estas dos vías y otras tantas, las pinturas de Torres tratan de asir el viaje de la memoria de ese sujeto que, irremisible, parece partir hacia la nada, mas sin desdeñar la pintora el elogio de la visibilidad pura. Rosa Torres es una pintora naturalista abstracta, ha reflexionado citando a Mondrian[11], como Bonnard o Matisse. El arte de estos artistas inefables, bajo su extrema simplificación conduciría hacia el expresionismo abstracto simbolizado en Rothko.

Torres compone su obra en la infatigable búsqueda de una pulsación luminosa que es expandida a través de grandes campos monocromos de colores saturados. El cuadro, decía Bonnard y parece suscribe la valenciana, no debe tener trous, agujeros, inútiles espacios para el vacío. Y Torres compone sus cuadros plenos de planos de color pues la esencia de una pintura como la suya, tan anti-centro visual, es proponer, a través de esas superficies pintadas, una igual intensidad coloreada, un lenguaje en el que se reafirme lo que podríamos llamar la literalidad de su visión, la exactitud de su mirada sobre las cosas.

Vivir es un instante-quieto.

Fue casualidad, la lectura de “L’Arrière- pays”, -el país interior, el territorio allende, la intratierra, el tras-país[12]-, en los días negligentes de aquel estío ya pasado y que ahora, que nos dejó Yves Bonnefoy he recordado. Como también lo fue el descubrimiento, acto seguido y no sin perplejidad, de la existencia de un “pinar ciego” en Mosqueruela, la localidad en donde la pintora descansa en el verano, en proximidad a las tierras familiares de Rubielos de Mora.   ¿Sería posible un pinar, un punto en la naturaleza, que refiriera a la visión?, ¿difícil de ver en él?, ¿improbable de ser visto si uno se sumerge en su umbría?, ¿pinar para los que no ven o lugar donde no se ve?… Más ceguera: dejar en suspensión este enigma es más sugerente que las certezas que lo expliquen. Y llegados a este punto de preguntas llegan otras: ¿cuál es el inquietante mundo sin sombras que pinta Torres?, ¿qué cosmos es ese que surge en sus lienzos, tejido cual una red de planos de color que a veces pareciere conviven sin tocarse o donde se insertan en ocasiones, tal de rondón, inusitadas geometrías de las proximidades bañadas en blanco?.

Pues sabido es que lo cercano y lo invisible se confunden, Torres vaga, como en duermevela, letargia sobre espacios que, planteados en muchas ocasiones desde la apariencia amable del locus amoenus, en lo que podríamos llamar un exceso de apariencia, remiten sin embargo a espacios interiores a través de lo que pareciere esa adhesión instintiva al mundo de lo natural. Sea quizás una suerte de mención al quevediano “dejará la memoria donde ardía”: sus recuerdos de infancia entre las pinedas y el cosmos turolense. Flamean sus viajes, siempre morosos, entre esta geografía y Valencia, desplazándose mediterránea entre la elevación de hitos o iconos del paisaje, montes y veredas, que concitan tiempos o recuerdos centrando su atención y otorgando temas a los cuadros: Maestrazgo[13], Albufera, Montgó, Penyagolosa o el Jardín Botánico valenciano, Tossa, ya se ha contado. Y tras esos pretextos u otros, como Sicilia, subrayemos lo principal: la pintura de Rosa Torres es la conmemoración del espacio cotidiano, reunión del tiempo en el instante de una secreta desmesura armada de modo paciente, boceto tras boceto, cuidadosamente, a través de innumerables dibujos, como si tentara inscribir en su espacio mental, conciencia profunda, los límites de formas y figuras. Mas también árboles y ríos, praderas, el mar o el lago y su llanura[14], la arena y el verdor de la yerba, montañas convertidas en un pasmo de color[15] y parques o jardines[16].   En definitiva, figuras y formas compuestas en una suerte de espacio quieto, mapa del emperador de Borges que retratara la totalidad del mundo, mas embargado por los colores trascendentes y esenciales. Letargia de las superficies inmóviles que a veces propenden a la ocultación, es el caso de sus jardines y arboledas[17], supondrá uno de los ejes fundamentales del quehacer de Torres el estudio, -o escribiremos más bien el intento de aprehensión- de la relación inefable entre el espíritu, la llamada voz interior y las engañosas apariencias. En ese equilibrio, tan difícil, -pues el arte vive de tensiones y muere distracciones, decía el pintor Zóbel-, se mueve el arte de Torres.

Volviendo a Bonnefoy, para éste lo que llamamos “el lugar” se situaba en una quimérica intersección, cruce de caminos entre lo real y lo soñado, lo relativo y lo absoluto.   El lugar sería no tanto un punto quieto ni observación varada sino, más bien, una experiencia que porta la estirpe de lo sobrenatural.   Un quehacer casi místico que parece poner en contacto cualidades inefables que encuentran concepto y realidad, algo parecido al momento previo a la revelación, a un umbral de luz que misteriosamente se entreabriera hacia el silencioso espacio que atraviesa el instante.

Lo que en lo real supone estupefacción, pintar o escribir nos desliza hacia la belleza de la propuesta del signo[18]. La pintura, como la experiencia poética, asume este noble oficio de dar a la caza alcance, elevar sobre la tela la memoria del mundo devolviendo al cosmos el rostro de su presencia, el desvelamiento de las apariencias.   Muchas de las pinturas de Torres buscan con reiteración (jamás ocultada) convocar una suerte de universo de correspondencias, sueño más bien de gozosa artista solitaria convocado más allá de la confusión de lo visible, la baudeleriana unidad, tenebrosa y profunda, de la naturaleza. Visibilidad de difícil nombre, Torres parece referir el mundo entre el pavor quieto de su estado originario.

Adiós lecturas, adiós vida, adiós encuentros. Pintar paisajes es intentar cerner infatigable la búsqueda de ese “lugar verdadero”, extravagante lucidez del sueño de un “arrière-pays”, de una tierra clara y breve que expresare en luz los paisajes, búsqueda que se establece tras una suerte de conciencia pura, una claridad ascética, desde una especie de ataraxia de los planos de color.   Mas también recrea Rosa el mundo verdadero de la pintura, incluso el de otros artistas amados, -como Piero della Francesca, Botticelli, Bellini o Poussin, entre los maestros antiguos y Derain, Léger, Matisse o Rousseau en los de nuestro tiempo[19]-, algunos de ellos homenajeados en sus cuadros[20], siempre referentes de esa singular encarnación de la finitud. Mundo pastoral de los deseos[21], en este punto es preciso mencionar las palabras encontradas sobre el paisaje por los pastores de Poussin: “Et in Arcadia ego”[22], y “en la Arcadia yo”, yo-aquí-en-la-Arcadia, paraíso de quietud y nada que parece referir ese único lugar irremplazable en el que se extiende el espacio infinito, esto es, la nada o su voz innombrable: la muerte. Empero, como en la Arcadia virgiliana, es la reconstrucción de la quietud inefable del paisaje propuesto a través del pensamiento y la experiencia de la belleza del lugar quienes parecen convocar a la serenidad, al modo de una nueva música de las cosas.   Flota una gran quietud, pasmo en el aire de augurios que preceden a los sueños. La pintura de Torres, evocadora de eso que, remedando a los franceses, podríamos llamar “paisaje a lo divino”, parece referir un manifiesto misterio, la irrealidad de la certitud mas también su opuesto, lo cierto de lo irreal plasmado en el lienzo: la inmovilidad de la escena y el suspenso del instante, semejando aludir a un quetododure, como pareciendo llamar al espectador hacia la reflexión. Pues toda tentativa de poesía lleva consigo la insatisfacción, en especial cuando muchos de los elementos de la pintura de Torres parecen proponer una Arcadia-de-planos-de-color que, para la mayoría de los contempladores, es imaginaria. Se eleva así una memoria casi ancestral abastecida, para muchos de nosotros, del atavismo de la pintura. Idealismo de un lugar de colores vivísimos, mas inencontrable, pareciere inexistente, por más que conozcamos los próximos lo vivido de sus pinturas.  Desprecio del mundo de las apariencias pues construir, así, un país, a través de un arte aparentemente afirmativo, acaba activando la imaginación de un lugar distinto, irrealidad en la certitud, lugar otro del sueño, de la nostalgia, de lo posible.   Y llegados a este punto, es inseparable ver en las pinturas de Torres, también, la referencia al acabamiento de los lugares, a la desaparición del silencio de los bosques ciegos o al agostamiento de los ríos, en fin, al ocaso de los caminos polvorientos que perecieren sepultados bajo el manto del asfalto.   Es el recuerdo, con un aire del adiós-a-todo-eso que nos constituyó durante siglos y que ahora sólo parece rescatado por la persistencia del arte.   Empero, esa suerte de falta o herida, tal ausencia, no ceja de ser expresada por el arte, incesantemente.     La búsqueda de los paisajes esenciales que realiza la artista Rosa Torres, el uso del color y los ritmos de sus signos[23], nos permite conservar la huella, restablecer la memoria y la luz enigmática de los árboles y mares elevados melancólicamente, casi como un sueño, entre el fulgor de lo real, una revelación entre lo infinito de lo invisible que, en tal situación, tal plenitud, pareciere tomar conciencia de lo sagrado. Otro existir que en lo real es visto como un territorio periclitado.

Más aún, no vemos siempre la misma luz, no lo olvidemos, de tal modo que la meditación en torno a los momentos silenciosos de la naturaleza es, también, una reflexión que, en su apariencia de quietud, revela la inquietud de su imposibilidad, memento de confesión de la duda ante la fragilidad del instante detenido, su irrealidad tan real. Belleza de lo efímero. Pintar, parece concluir Torres, no es más que elevar signos que devuelvan al ser no tanto hacia la visión que se expande frente a los ojos sino hacia uno mismo, mirar fuera para ver dentro. Constituir el silencio tal una irradiación interior, revelándose que es la quietud uno de los temas centrales de su quehacer.

Así, un mundo pareciere que miltonianamente perdido se revela tras la pintura de Torres quien parece portar la esperanza de un nuevo orden visual, expresado en sus lienzos, ella imagina su nueva instauración encarnada en la tierra.   Llamada a un mundo, aún no expresado, donde parece tentarse la plenitud de una nueva presencia.   Así su obra parece abrirse necesariamente a lo que parecen ser imágenes, narraciones de un viaje, tal vez aventuras visuales que revelan la tentación de la plenitud, un mundo otro, una suerte de segundo mundo que decía el poeta Bonnefoy, universo “reparado” que, a través de líneas, colores puros y planos de color revela la simplificación de las cosas. Una suerte de trabajo mediador depurando los peligros del lenguaje, para instalarse –tras el trabajo de mediación del artista- en un espacio abierto a lo desconocido.   Llevado al silencio a través de ese aspecto de reunión o reconstitución, restauración de un orden y recomposición de los pedazos que, en muchas ocasiones, parecen portar sus cuadros.   Multiplicidad de formas y figuras, sugerencia de metáforas tentadoras de la presencia de la unidad.

Es breve la luz, que muere.

Se desvanece el horizonte, mas Torres ha mirado impertérrita la escena, desde que comenzara a pintar, hace ya décadas.   Pintora sin sombras[24], sus pinturas refieren una cierta incertidumbre de la atmósfera desde la levedad bañada por la planitud de un mundo sin viento. Su quehacer pictórico tiene algo de eso que Greenberg llamaba pintura all-over[25], esto es, una pintura carente de centro exacto, una pintura polifónica[26] heredera del dramatismo que Mondrian impregnará irremediablemente al arte de nuestro tiempo.   Como éste, recuérdense sus árboles que tanto se hermanan con los de Torres, trabaja a partir de un planteamiento muy esencial, pero a la vez extraordinariamente dramático en su compunción: superficies de color y presencia de líneas convirtiéndose, como aquel, en una escena de formas tejidas que evocan también el modo cezanniano, tal un mosaico o red.  Y hay algo en el quehacer de Rosa Torres, en esas fuerzas que a modo de tramas componen sus cuadros, de una dinámica silenciosa trazada mediante fuerzas de aire mudo elevadas desde el espíritu hacia lo invisible.   Que la naturaleza devenga lenguaje, concluye Torres en su arte de la transfiguración, es el intento de construir un Todo desde la irreal condición fragmentaria de las imágenes.

En fin, utilizando los resortes tradicionales del quehacer pictórico restringe los medios: el espacio del lienzo y la pintura. Torres construirá la apariencia de sus cuadros mediante una temática transitada en la historia de la pintura, a la par que, prescindiendo de texturas o gestos, Rosa Torres cuestiona la propia esencia del arte, pues lo que describe a través de la voz cautiva de su pintura es, también, la imposibilidad de ver.   Posiblemente de ahí surja su querencia por lo fragmentario, por la constitución del cuadro a través de un mundo de extensiones de color que frecuentemente no se tocan, que permanecen, se elevan aisladas, cantan su soledad en el gran espacio inasible del cuadro.   Pintura fragmentada, separadas las manchas ya fuere por el blanco o por el negro, que no son tanto límite o trasunto del dibujo como un incandescente espacio de la nada, un lugar en el que arde el fuego del espacio que tiene el aire de los “dulces pedazos sonoros” de Schoenberg, cantados por Cirlot[27].

Concluía aquel el verano leyendo las “Lettres d’Espagne”, de Nicolas de Staël, veía sus dibujos esquemáticos tomados durante los dos viajes[28], 1935 y 1954, apenas unas líneas elevadas con parquedad y precisión sobre la albura del papel, tramas ordenadas para recordar el viaje de un pintor romántico que transitara también en el estío de 1935 entre los paisajes de Alicante y Valencia, subrayando el encanto infinito y la magnificencia de esos lugares[29]: “La route”, “Le cycliste”, “L’Alhambra” o “Etude de paysage” refieren, empero, la simplicidad que relata encontrar en la pintura de Velázquez en el Prado. Apuntes y dibujos de Staël, enfrentados a la sobreabundancia del transcurrir de los días, me evocan ciertas zonas del quehacer de Torres, caminos que vagan por los paisajes.   “Ciertos viajes recuerdan una huida”, escribe de Stäel en una de las cartas al concluir su visita de 1935[30], y en el laberinto de los días el enigma del paisaje geometrizado por Torres nos recuerda la finitud de las dimensiones del espacio, mas, también concita una cierta metafísica de la imaginación, una nueva verdad.

La verdadera emoción del quehacer de Torres, su enrevesado misterio no sólo es la certeza que sus pinturas ofrecen tras las apariencias de la planicie de sus colores, signos confiados al instante, fuego y juego. Nos revela, también, la fragilidad de las apariencias. Si pintar supone escoger entre reproducir fielmente la realidad o que el signo se eleve en el espacio pictórico, bajo su aspecto de quietud, elogiando la inmediatez y la delicada inmovilidad que sepulta el color tras una superficie ilusoria, Torres muestra que la verdadera sabiduría en el quehacer pictórico puede, también, ser engañada por las apariencias y es el instante, la finitud del mismo, el suspenso del tiempo que fluye invisible, lo que merece la pena representar.   Frente a los valores expuestos con rigor por el pensamiento, la conciencia de esta pintora revela que es conmovedor el elogio de lo profundo que resulta el simple existir.   Conmemoración del devenir de los días, pues, tarea de un gran pintor puede ser reavivar los invisibles lazos que nos ligan secretos y profundos al mundo de lo visible.

Trabajo también de lo invisible, empero pinta Torres casas, paisajes, vegetaciones o aguas que fluyen y miran al fondo del horizonte o a la luz especular del mar, figuras que viajan por el mundo de la historia del arte, como si el tiempo no terminase jamás, o como si éste jamás hubiese existido. Cada lugar propone su enigma y los lugares, como los dioses, emulan nuestros sueños: « Souvenez-vous, il y avait ici /une route, une maison, une bouquet de saules / quelqu’un chantait / comme si le matin n’allait pas finir ». Cantando, impertérrita, como si la mañana no terminase jamás. Era un verso de Claude Esteban[31] .

 

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[1] BONNEFOY, Yves. L’Arrière-pays. Paris : Mercure de France, 2001

[2] “¿Sabes tú quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste -más rosas, más rosas-, como un cuadro de Fra Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?”. Juan Ramón Jiménez en Platero y yo [1914­1917], “Capitulo X”.

[3] “He querido realizar unas obras que son a la vez homenaje y reflexión sobre estas composiciones clásicas, como si se tratara de un paseo de ida y vuelta por la historia de la pintura, hacia atrás y hacia delante”. TORRES, Rosa. Mis cuadros favoritos. Madrid: Galería Sen, 1994.   Más adelante se refieren algunos homenajes que expuso en esta muestra.

[4] Rosa Torres citándose a través Léger: “no pinto paisajes, invento imágenes de un paisaje, imagino paisajes”. TORRES, Rosa. Cuaderno de Bocetos. Cuenca: Fundación Antonio Pérez, “Cuadernos del Hocinoco”, nº 11, 2003, p. 9.

[5] Así explica en su texto en este catálogo la intensa reflexión hasta concebir su intervención en Preciados.

[6] Luis Torres Pastor (Rubielos de Mora, 10/VII/1913-4/II/2004). Artista de vocación paisajística sus obras reflejaron diversos lugares de España, tanto del País Vasco, donde fue Profesor de Dibujo, como de las regiones valenciana, conquense y turolense.   Pintor insistente también en la cuestión del paisaje, su acercamiento a éste lo era desde unas premisas que, simplificando, podríamos calificar de esencialistas, con un cierto peso de los vacíos y del espacio otorgado al blanco, que hicieron que su quehacer fuese comparado en alguna ocasión al mundo oriental.   Torres Pastor declaraba al “Diario Vasco” en 1974 (5/XII/1974): “(…) creo que el camino hay que andarlo siempre, estar siempre andándolo (….) ante un paisaje busco sus posibilidades (…) el color me apasiona (…) que sea la masa de color lo que mande en el cuadro sobre el dibujo (…) color fuerte, vivo, expresivo”.   Sobre él escribió el “Parpalló” José Esteve Edo (Valencia, 1917-2015) que sus paisajes son “sencillos, jugosos de color, con finas gamas de matices” (ESTEVE EDO, José. Óleos de Torres Pastor. Llodio: Caja Provincial de Ahorros de Álava, 1979.

[7] Es sabido que la frase es de Robert Rosenblum (1927-2006) en Lo sublime abstracto (Nueva York: “ARTnews59”, nº 10, II/1961, pp. 38-41).   Rosenblum fue el crítico que estableció contemporáneamente la conocida tesis que relacionaba el nacimiento de la abstracción pictórica con el espíritu del paisaje, muy en especial el paisaje del siglo XIX y la tradición romántica del norte de Europa y América.   Un viaje, el propuesto por Rosenblum, que partiría desde los hielos de Friedrich y concluiría con la pintura lunar de Gottlieb o los imponentes campos de color rothkiano.   Para Rosenblum, tan impreciso e irracional como los sentimientos que trataba de nombrar, lo sublime podía aplicarse tanto al arte como a la naturaleza: de hecho, una de sus expresiones capitales sería la pintura, la representación, de paisajes sublimes. Vid.: DE LA TORRE, Alfonso. La ilimitada energía del paisaje. Zaragoza: Monasterio de San Juan de la Peña-Gobierno de Aragón, 2008.

[8] El primero escrito entre 1967 y 1973 y primera parte de « Terrres, travaux du cœur » (1979). El segundo, publicado en 1983.

[9] “Vous m’avez dit que vous aviez vu certains tableaux de Vermeer, vous vous rendez bien compte que ce sont les fragments d’un même monde, que c’est toujours, quelque génie avec lequel ils soient recréés, la même table, le même tapis, la même femme, la même nouvelle et unique beauté, énigme à cette époque où rien ne lui ressemble ni ne l’explique, si on ne cherche pas à l’apparenter par les sujets, mais à dégager l’impression particulière que la couleur produit ”. PROUST, Marcel en À la recherche du temps perdu. Capítulo : Quel était le véritable état d’esprit d’Albertine.

[10] Es el caso de otros trabajos de Torres como: “Serie Jardines. Camino con árboles” (1983) o “Camino con árboles” (1989)

[11] TORRES, Rosa. Cuaderno de Bocetos. Op. cit. p. 16: “para definir mi pintura me gusta la expresión de Mondrian de pintor naturalista abstracto. Me ha interesado siempre el paso de la abstracción a la figuración, tan subjetivo y tan difícil de encontrar en su justa medida (…) siempre me ha interesado ese juego de la percepción. En las obras de los primeros años, camuflando una imagen más o menos naturalista con un exceso de grafismos y manchas podía llegar a la abstracción. O bien por su exceso de simplificación, como en algunos de los trabajos más recientes”. Ibíd.

[12] En este libro recuerda Bonnefoy la traducción italiana de “L’Arrière-pays”, “(…) d’Italie, de ceux pour qui “arrière-pays” se dit « introterra » ou « retroterra » ? », BONNEFOY, Yves. L’Arrière-pays. Op. cit. p. 162

[13] Entre los lugares favoritos del Maestrazgo: Mosqueruela, Puertomingalvo, Iglesuela o Cantavieja. Conversación de este autor con Rosa Torres, 10/IX/2011

[14] Es el caso de obras de Torres como “Tres árboles y lago” (1988).

[15] Me refiero a ciclos como su “Serie Montañas” (1987).

[16] En este caso, a su “Serie Jardines”.

[17] Pienso en pinturas suyas como “Arboleda” (1979).

[18] “La pintura se convierte aquí en metalenguaje que, mediante un proceso de agigantamiento y congelación, va haciendo evidentes en su individualidad los distintos elementos (pincelada, color…) que se articulan en esa oración que llamamos paisaje (.)”. HUICI, Fernando. Dos ideas, dos paisajes y un solo pretexto. Madrid: “El País”, “Artes”, 17/X/1981, p. 2

[19] “Paseos por la historia del arte” fue el título de la exposición de Torres en la Galería Rosalía Sender en 1997.   La presencia de homenajes en la obra de Rosa Torres es frecuente. Lo explicó también en Mis cuadros favoritos, op. cit.

[20] Los citados como “contemporáneos”: “Homenaje a Léger” (1983); “Homenaje a Derain” (1985)” o “Árboles y lago (Homenaje a Matissse)” (1986).

[21] Claude Esteban dixit: “pues la pastoral (…) se carga o se enriquece de elementos más turbios. Se convierte, bajo la protección de las divinidades benévolas de la mitología, en el derivativo y la formulación de los deseos, de los instintos primarios, de los apetitos del sexo, que la Iglesia a partir de entonces desaprueba, rechaza y trata de suprimir tanto de las imágenes como de las conciencia”. ESTEBAN, Claude. Les gueux en Arcadie. Madrid: Casa de Velázquez, 2000, p. 44.

[22] Nos referimos, claro está a “Les Bergers d’Arcadie” (1637-1638), Musée du Louvre, Paris.

[23] Sobre este asunto capital escribió Joan Antonio Toledo en el catálogo de la exposición individual de la artista en la galería Trac de Barcelona (1981). También con ocasión de la presencia de la obra de Rosa Torres en la XL Bienal de Venecia de 1982, a la que fue seleccionada por Luis González Robes (junto a José Abad, Eugenio Chicano, Francisco Cruz de Castro y José Guinovart).  Rosa Torres ha señalado siempre la oportunidad del texto escrito por Toledo, recordemos integrante de Estampa Popular y Equipo Crónica. Sobre la conversión en signo de su pintura escribió Toledo: “Estos elementos tradicionales no están realizados directamente sobre la tela, sino sobre un boceto hecho para después ampliarlo en el cuadro. No son espontáneos sino que tienen un proceso de manipulación, funcionando a niveles de signos (…) una re-codificación”. TOLEDO, Joan Antonio. Rosa Torres. En: España en la Bienal de Venecia’82, Dirección General de Relaciones Culturales-Ministerio de Asuntos Exteriores, 1982.

[24] En este punto aconsejo el hermoso texto escrito sobre la pintora por: ADAMI, Valerio. Rosa Torres. Madrid: Galería Sen, 2007: “En Rosa Torres la luz es sin sombras, no viene de la hora once del cuadro, ni del mediodía, ni de la hora quince, sino que, tal vez como en el ‘icono’, la luz viene del centro y es el corazón mismo del cuadro”.

[25] Greenberg se refiere así a la pintura “descentralizada”, “polifónica”, “que, al tejer sobre una superficie una multiplicidad de elementos idénticos o muy parecidos, se repite a sí misma sin grandes variaciones de un extremo a otro de la tela y prescinde del inicio, el desarrollo y la conclusión”. GREENBERG, Glement. La crisis de la pintura de caballete. En: La pintura moderna y otros ensayos. Madrid: Ediciones Siruela, 2006, p. 47

[26] Ibíd p. 49. El término “polifónico”, como reconoce Greenberg, es de Kurt List y René Leibowitz.

[27] CIRLOT, Juan-Eduardo. Arnold Schönberg (1874-1951) In Memoriam. Barcelona: “Dau al Set”, IX/1951

[28] STAËL, Nicolas de. Lettres d’Espagne. Juin-Octobre 1935 y Lettres d’Espagne. Octobre 1954. Tánger : Khabar Bladna, 2011,

[29] Ibíd (1935): “Alicante et son port a un charme infini et Valence ce soir est magnifique”, p. 51. También visitó estos lugares en su nuevo viaje de octubre de 1954. Vid. Ibíd. (1954) p. 61

[30] Ibíd (1935), p. 70.

[31] ESTEBAN, Claude. La mort à distance, Paris : Galimard, 2007, p. 33. “Recuerda, aquí había / un camino, una casa, un bosquecillo de sauces / alguien cantaba / como si la mañana no fuese a terminar”. La traducción es nuestra. En su fecha subrayamos el agradecimiento a Andrés Sánchez Robayna por su cooperación.