EULÀLIA VALLDOSERA: UNA CRIATURA HAY EN MÍ.

EULÀLIA VALLDOSERA: UNA CRIATURA HAY EN MÍ.

Texto publicado en el catálogo
LOS OTROS (ARTISTAS)-THE OTHER ARTISTS
Madrid, 2016: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 228-244
[Intervenciones de José Luis Alexanco, Victoria Civera, Dis Berlin, Juan Hidalgo, Antonio Pérez y Eulàlia Valldosera, en el contexto de ARCOmadrid 2016. En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

Pero, ¿y si mi cuerpo fuera todos los cuerpos?.
Eulàlia Valldosera

He dejado crecer en mí a mi enemigo.
Henri Michaux

La tierra se alimenta de residuos. Conectar con ella, ser tierra, ser sombra.
Eulàlia Valldosera

Yo vivo en una casa sin jardín,
en una casa interna donde se oyen
ladridos y sollozos cuando el cielo
sucumbe a su dorado movimiento.

Yo vivo en una casa cuyas ramas
penetran en las casas de los otros
y queman sus azules mobiliarios,
sus retratos amados por el tiempo.

De mis palabras surgen soluciones
de metal invasor que nada puede
destruir o parar. De mis palabras
nacen olas y mares ascendentes.

Mi casa comunica con las fuerzas
que perforan los mundos y los alzan
en la cima furiosa de esa sombra
sin principio ni fin que me alimenta.
Juan-Eduardo Cirlot

 

EULÀLIA VALLDOSERA web 1

Joseph Wright-Wright of Derby
The Corinthian Maid. c.1782-1785
Óleo sobre lienzo, 106.3 x 130.8 cm. The National Gallery of Art, Washington DC.

Acudo al diccionario de los símbolos de Cirlot. Quizás esté intentando apresar, otrosí, una sombra. Otra sombra más. Allí el poeta-crítico refería, respecto al término “sombra”, la vinculación de esta con el alma que lo porta, es su alter ego. Mas la sombra sería, también, una idea: “Como el Sol es la luz espiritual, la sombra es el «doble» negativo del cuerpo, la imagen de su parte maligna e inferior. Entre los pueblos primitivos está generalmente arraigada la noción de que la sombra es un alter ego, un alma, idea que se refleja en el folklore y en la literatura de las culturas avanzadas. Frazer ya indicó que es frecuente que el primitivo considera su sombra, o su imagen en el agua o en un espejo, como su alma o una parte vital de sí mismo. Jung denomina sombra a la personificación de la parte primitiva e instintiva del individuo”. Me levanto, de nuevo, a la biblioteca. Busco más, -entre la sombra más sombras-, ahora es el Diccionario Surrealista, lugar fértil en el pensar otro de la historia del arte: “La sombra es la costumbre de la privación de la luz (Ramon Llull)”, “Sombra que se contenta con ser negra (Jarry)”. Sombra y sentido de pérdida, para Valldosera.

Referida con frecuencia desde el mundo objetivo del lenguaje conceptual, he visto siempre a Eulàlia Valldosera empero poseída por un hondo verbo poético que queda con frecuencia vinculado a referencias objetuales, también a acciones de actitud reflexiva. Su intervención en Preciados, “Neptuno en Piscis”, la búsqueda por la propia artista de objetos hallados en determinados lugares de su entorno, paisajes concretos y poblados por personas, o la grabación del agua y la mención a sus reflejos, huellas, restos y desechos, el aire crepuscular, refiere lo personal de su búsqueda, mas también la importancia que aplica a las sombras o la luz, que parece referir cuestiones como lo material y lo corpóreo, un mundo fantasmático donde hay, otrosí, una cierta incertidumbre, un aire de suspensión y tránsito, pareciere la espera ante algo que inminente va a suceder o sucedió, quizás-es-ahora mas pudo ser pasado. Trabaja Valldosera concibiendo en el vacío, en un elogio de la luz devenida en materia, materia simbólica que organiza objetos y espacios, sombra que no es sólo una referencia física, relativa a la luz, sino una sombra poética, donde se menciona lo psíquico. Cualquier objeto puede tener un significado pero también, parece decir Valldosera, portar otro significado inverso que deviene una nueva investidura del mismo, tal una desposesión o, en palabras de la artista, convertirse en su negación. Inversión de los lenguajes, es el milagro de la representación pues para esta artista, el “arte es algo capaz de generar, acumular, densificar la energía y desplegarla”, y la materia es un medio que a la artista le permite efectuar mediciones, mas también, chamánica, mediar con el contemplador, pues para ella la materia es, otrosí, un estado de la energía y el residuo, el resto que frecuenta su obra, no tanto un elemento quieto o aherrojado como una materia en tránsito. Estados de conciencia, fuerzas o modos de energía, precisos para conocer.

Esa su cosmogonía del residuo refiere, también, el tránsito final, la consumación y, por ende, una teorética mística: “La tierra se alimenta de residuos. Conectar con ella, ser tierra, ser sombra”. “Pinté la sombra que emite una rueda de bicicleta, -cuenta Duchamp- la sombra del perchero que está arriba y la sombra de un sacacorchos. Encontré un proyector que hacía sombras bastante buenas, así que proyecté cada sombra y las dibujé sobre el lienzo. Luego puse, justo en el centro, una mano pintada por un rotulista y le pedí al tipo que lo firmara”. Butades de Sición, nos recuerda Plinio el Viejo, pintó el retrato donde la joven corintia dibuja en el muro la sombra de su amante, tentando las sombras se erigía la imagen deseada para posteriormente tentar el volumen, luego lo pintó Wright, sombras de aquellas sombras. Dichas sombras, en Valldosera tienen un relevante papel, teatro o sombra chinesca, amenazante sombra pues esta artista ha considerado siempre que los objetos, en muchas ocasiones objetos exilados incluso hasta del noble objet trouvé, -como es sabido ya musealizado-, y aquellas otras sombras, los objetos de arte, deben mencionar intensidades, esto es contenidos y sensaciones. Obsesión por las sombras, la negrura que ya estaba presente en series de mediados los ochenta, como “Asesinatos” (1985-1986) o en “Erótica”, trabajos realizados en tinta, a veces con aire automático y surrealista (“Subconsciente” (1985-1987) será el título de otra serie de ese tiempo), elogiando su inmediatez, estableciéndose al modo de médium entre aquel subconsciente y el papel, muchas veces transustanciado este en piel donde portar sus heridas, endósmosis, lugar donde la tinta proclama su aspiración a ser fluido corporal. “Hace falta lo turbio. Al menos lo turbio (…) rostros que emergen de él sin saber a qué vienen, sin que yo lo sepa. Se han expresado antes que yo, reflejo de una impresión que no reconozco, de la que nunca sabré si he sido atravesado por ella con anterioridad”. Emergencia-resurgencia, mundo ebrio de la negrura, michauxniano, escrituras e inscripciones, escenificación del pavor del movimiento sin sentido, tintas concebidas como “memoria del cuerpo femenino, el dolor, la negación”, confundiéndose, entremezclándose, los citados fluidos con tensiones, raíces o árboles, vasos o cables, misteriosas redes o paisajes. Buscadora, también, de infinitos, acumulaban silencios aquellas tintas, indagaciones en torno a las tensiones que podían surgir del encuentro entre centros y periferias. Pechos y vientre: experimentándose a sí misma, convirtiéndose ella misma en experimento, era la proclama don de la ebriedad: ver para saber, saber para verse construir, para ver construirse el mundo, su mundo que es el mundo.

Es sabido, aludir sombras es también volver a citar a Duchamp, pues hacedora de sombras, hay algo en su quehacer de un jugar mágico con los objetos construyendo ficciones desde la aparente nada del residuo (colillas, migas, polvo, la arruga de una sábana), un cacharro industrial o procedente del más prototípico consumo, en especial todo el material que queda apartado del camino convencional de la percepción. Al cabo, como recuerda Valldosera, el residuo es experiencia mística: “la toma de conciencia de los residuos, también las huellas y la suciedad, es el paso iniciático o requisito previo en toda iniciación mística. Como una ecología del espíritu”.

Sombras y espejos, orificios y óculos, cavernas u agujeros corporales, puntos y entradas, ojos o bocas, agujeros y manchas, semillas u ombligos, llagas o células. Mas también, elogio de la fragilidad e inestabilidad, es el milagro que, -proyectándose en un paisaje de De Chirico, otro de la hermandad de las sombras-, producirá la misteriosa presencia revelada por un envase industrial, será “La sombra que habla”, título de una de sus obras de 2013. Artista aficionada a los desdoblamientos perceptivos es otra merecedora, con Giorgio, de pertenecer a esa sociedad que propuso Duchamp: “Société anonyme des porteurs d’ombres”, también de alguna forma convertida en heredera de la antigua tradición del “Ars magna lucis et umbrae” de Kircher. La sombra parece invertirse, y devenir en luz, investirse entonces, o bien Valldosera parece sugerir que la sombra no es exactamente negra, sino que puede esconder otras realidades pero siempre deviniendo negro universo pluridimensional. Con frecuencia se transforma en amenaza, oscuro presagio, convirtiendo la obligatoriedad de las figuras de los objetos, esa “costumbre” que citan Llull-Breton, en una audaz trascendencia de las sombras. La arquitectura que Valldosera construye con las sombras es una arquitectura de la identidad cambiante.

“El ombligo del mundo”, serie inicial e iniciática de dos centenares de tintas, iniciada a partir de 1990, referirá su deseo de hacer resurgir un paisaje originario: mención de lo efímero, lo muy breve, mas también aquello que no concluirá. Aquella alusión a las cosas breves parecía también surgir desde el no-propósito, desde el otium de una mirada deambulante aquí y acullá, un cierto nirvana del conocer, con aspecto negligente, deslizándose entre los inmemoriales costados del tiempo. En este caso era el consabido revoloteo intenso mas con aire ligero, levedad, sobre la superficie del papel, intensidad de la tinta, mientras el tiempo pasa. A veces pareciere con prisa ante la consunción de los minutos que restan. Surge un cuerpo en el paisaje, tal un proceso de transferencia, tierra y cuerpo, cuerpo o tierra, ¿qué más da?. Cuerpo, también, historizado. Cuerpo ya fuere en negativo o insertado en la perspectiva, cuerpos y sombras, misteriosos paisajes alumbrados desde el cuerpo a la luz de una vela. Macrocosmos o microcosmos: surgen paisajes de residuos propios de la actividad del cuerpo, rasgado el velo del dibujo, del papel prístino, en blanco, esperando: residuos domésticos, paisajes corpóreos: una gota de vino, aceite o café, cayeron sobre el paisaje de papel. (Definición de dibujo: milagro que ensaya la aprehensión de una revelación interior).

Emociones extremas, podríamos escribir recordando a Kuspit. Rechazando las interpretaciones convencionales del mundo, mucho del quehacer de Valldosera, -planteado casi como un corpus de aire serial, una suerte también de dietario de emociones-, tiene que ver con la capacidad de generar enigmas o intensos artificios, preguntas procedentes, en muchas ocasiones, de su memoria y experiencia personal que, de alguna forma, son expandidas al modo de un inmenso registro de lo sensorial, su corpus de lecturas o pensamientos, también lo vivido, desechos del propio transcurrir los días, confieso que he vivido los objetos que luego son transformados en un relato que, expandiéndose sin cesar, empero, no esquiva lo experiencial: lugares y cosas, seres o situaciones, mujeres con frecuencia. Sus palabras, escritas para la intervención que referimos, otorgan algunas claves de su trabajo, -pausa, magia, sencillez, contemplación, unión de contrarios, preguntas sobre la percepción-, pues meditan en torno a “la observación pausada” y el deseo de “redescubrir la presencia de la magia en la sencillez de una circunstancia cotidiana”, a la par que la “vocación contemplativa”: se ofrecen “herramientas críticas”. También relata la artista su deseo de plantear “dos visiones contrapuestas que conviven en nuestra realidad e invita a establecer puentes entre ellas y a preguntarnos por el dominio sobre nuestros propios mecanismos de percepción”. En mi opinión, los mecanismos desplegados por esta artista, bajo su aparente sencillez, devienen verdaderas “maquinarias”, utilizando otro término duchampiano, maquinarias-del-ver dirigidas hacia una percepción eminentemente crítica de lo real, de tal modo que Valldosera parece concebir el arte como una forma de resistencia y acción ante el mundo y, así, la artista pretende conducir al espectador, desplazarle o suplantarle hasta transformarse en él: j’est (elle est) un(e) autre. Recordándome el texto de George William Russell, “L’architecture du rêve”, que refiere la visión como una inextinguible llama, las imágenes aparecidas en la conciencia de Valldosera parecieren ser preexistentes y ésta obligada a refundarlas, dotándolas de vida, movimiento y voz. “Una criatura hay en mí”, subrayaba Russell, y tarea semejare emprendida por nuestra artista, -quehacer o, más bien, condena- es tal prisionera abocada impenitente al viaje, a la búsqueda “de todos los tesoros”, ese “mundo de oro que nos rodea”. El aire luce alrededor, pero la tierra arde en el agua oscura, concluía por su parte Pablo Palazuelo. Hay algo imperioso que llega, arde la necesidad del relato, en palabras de Valldosera: “son cosas distintas: una imagen, un conjunto estructurado de imágenes, y un conjunto de imágenes estructuradas por un relato. Por medio de ese relato, reconozco la necesidad de reivindicar el cuerpo de la obra”. Elemento mediador de la obra que se establece como absolutamente prioritario: “la posibilidad de reconstruir las partes (…) es una necesidad interna que hago extensiva al contexto artístico que en su momento no fue capaz de acoger mis propuestas en toda su dimensión”. Responsabilizándose de su propio ser, su trabajo se encuentra entre el orden y el desorden, la tendencia acumulativa que no oculta la evidente estructuración del quehacer, lo cual completa un mapa que permite al espectador descubrir la obra, tal “nudos energéticos fruto de la intersección de líneas inmateriales en un plano, en un espacio”. Objetos que propenden a referir la consunción, el tiempo detenido, la desposesión, la esquiva verdad, su verdad, que estalla en múltiples direcciones. Pintura performática, el contemplador, así, debe encontrar las relaciones que se hallen no tanto en una obra como en el largo camino que deviene ese corpus que venimos citando de Valldosera. Y, por qué no, completar los vacíos que se hallan en la misma, tal agujeros negros así, tan energéticos, ser ordenados por la mente y la fértil memoria del espectador que quedará impregnada de tal experiencia donde se encuentra lo efímero de muchas de sus realizaciones con los materiales, sustancias, de aire eternal. Es la mente materia y el pensamiento experiencia, un fenómeno natural y los hechos acaecidos de forma caótica, -dice casi textualmente Valldosera-, volverán a construirse en el espectador, completarán la narración, materia transformada en muchas ocasiones en grados de luz. Obras de arte concebidas como un residuo de actividades, llamada a lo que sucede, a lo que sana, a la huida, presentando muchas veces todo el transcurrir del proceso creativo, ¿qué es el arte si no lleva aparejado un proceso personal?. Un proceso que es con frecuencia fijado mediante la imagen fotográfica, propende a una verdad que torna a pertenecer al ámbito de la memoria, a la aspiración y a su negación, a la pérdida. Valldosera, indagadora de otro espacio de reflexión, donde confluye la imagen con otras técnicas artísticas, pareciendo referir tanto el tiempo como el espacio, dos de los asuntos capitales del arte. Artista que ha reflexionado en torno al límite de las palabras y las cosas, el espacio virtual y lo real, su obra no surge tanto de un planteamiento formal como de la idea, abordando cuál sea la posible definición de la realidad y cómo esta, al aproximarnos, se disuelve en el camino de dicha reflexión. Amante de lo paradójico, de los juegos de la representación, de la importancia de las metáforas para comprender el mundo, de “situaciones”, esta artista conoce bien las dudas que entraña representar lo real, nuestras palabras de inicio, y lo mucho que tiene lo real de convención. Casa internaque perfora el mundo, como la de Cirlot, cartografías interiores o el intento de explorar el cuerpo, la realidad primera que nos sitúa frente a la otra realidad, vínculo del cuerpo frente al cosmos, aquel cartografiado al modo de un territorio inmaterial, ya se dijo surgido desde el cuerpo pero abordando el intento de su redefinición, señales o metáforas que promuevan el autoconocimiento más que el reflejo de certezas, es la representación de un gesto anclado en la profundidad de una inquietante memoria que, habiendo surgido desde un punto concreto de lo real, parece extenderse a lo universal.

Preguntas sobre cielo y tierra. Como narra Maillard de Michaux, creciendo las preguntas que componen su obra, esta porta un aire exilar, esto es, al construirse llega un momento en que, ya construida, transformó a su constructora. Y se hace obra. Artista insumisa, Valldosera no es pues una artista objetual más, sino que para ella el objeto es un elemento, el vehículo que le permite ofrecer cierto grado de realidad, de temblor y, de tal modo, representar la irrealidad puede convertirse en otra de las posibilidades para la representación y, así, reivindicar, por qué no, su derecho, también, a existir, deviniendo algo no complaciente, substrayéndolo de su anterior pertenencia simbólica.
Es como el regreso del objeto a un mundo imaginario, una afirmación radical de la no identidad, de una creadora como creadora de sentidos, una realidad plagada de identidades abstractas. Creadora que parece haber sellado un compromiso consigo misma, un compromiso que afecta a lo más hondo del espíritu, es generadora de modelos propios que impone en un entorno de estrategias de la contemplación, analista del conflicto, creadora con frecuencia de artefactos para la autobservación, expandiendo sus rituales del sometimiento a la propia reflexión, tal conjuro, Valldosera plantea el elogio de la vida como un suceso de discontinuidades y fugacidad.

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[1] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2009, p. 22.

[2] MICHAUX, Henri. La vie double-Épreuves et exorcismes (1945-1946).  En Henri Michaux. Escritos sobre pintura. Murcia: Colección de arquitectura, 2000-2007, p. 29.

[3] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo.  Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2009, p. 77.

[4] CIRLOT, Juan-Eduardo.  Segundo canto de la vida muerta. Barcelona: Alcor, 1953.

[4] CIRLOT, Juan-Eduardo.  Diccionario de símbolos.  Barcelona: Editorial Labor, 1988 (la edición consultada), p. 419.

[5] BRETON, André.  Dictionnaire Abregé du Surréalisme.  Paris : Galerie des Beaux Arts, 1938. Consultamos la edición española de Ediciones Siruela, Madrid, 2003, p. 948.

[6] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Op. cit. p. 36.

[7] Ibíd. p. 19.

[8] BOSCO, Roberta. Los artefactos de Eulàlia Valldosera. Madrid: “El País”, 31/I/2009.

[9] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo Op. cit. p. 77.

[10] CABANNE, Pierre. Conversando con Marcel Duchamp.  México D.F.: Alias, 2006-2010, p. 55.

[11] Algunas ilustran este catálogo: “Envases: el culto a la madre”; “Envases: el culto a la madre (#1 mujer-semilla)”; “Envases: el culto a la madre (#3 hada)”, de 1996.

[12] MICHAUX, Henri. Emergencias-Resurgencias (1972).  En Henri Michaux. Escritos sobre pintura. Murcia: Colección de arquitectura, 2000-2007, p. 154.

[13] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Op. cit. p. 51.

[14] MAILLARD, Chantal. Prólogo. Henri Michaux. Escritos sobre pintura. Murcia: Colección de arquitectura, 2000-2007, p. 10.

[15] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Op. cit. p. 35.

[16] Vid. a este respecto la ilustración de este catálogo: “Carencia” (2013).

[17] Vid. por ejemplo la ilustración de este catálogo: “Esquina (Burns# 13)” (1991).

[18] Como en “Vela (Burns# 5)  (Serie Quemaduras)”, 1991, que ilustra este catálogo.

[19] Vid. por ejemplo la ilustración de este catálogo: “Lazos Familiares, I (#3)”, o, de la misma serie: “Duelo Pendiente (Lazos Familiares II # 4)” (2012).

[20] RUSSELL, George William.  L’architecture du rêve. Leído  en  Palazuelo.  Paris: Derrière le miroir”, nº 104, Maeght Éditeur, 1958. El texto lleva por título “Candle of vision”.

[21] « Il y a quelque chose, une créature en moi, qui va d’un tel train qu’à vouloir la suivre je m’essouffle, condamné á n’être toujours qu’un traînard derrière cette voyageuse qui peut, elle, remonter l’infini des temps et en revenir chargée de tous les trésors de ses périples entre deux battements de mon cœur ». Rusell, en Ibíd.  El texto está reproducido en: DE LA TORRE, Alfonso. Pablo Palazuelo, 13 rue Saint-Jacques (1948-1968).  Madrid-Alzuza: Fundación Juan March-Fundación Museo Jorge Oteiza, 2010-2011, p. 232.

[22] Pablo Palazuelo, Ibíd., pp. 138-139.

[23] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Op. cit.

[24] Ibíd.

[25] Ibíd., p. 22.

[26] Ibíd., p. 35.

[27] “Terapias, incidentes, escapes (Hamaca)” (1991)

[28] VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Op. cit. p. 32.

[29] CIRLOT, Juan-Eduardo.  Segundo canto de la vida muerta. Op. cit.

[30] MAILLARD, Chantal. Prólogo. Henri Michaux. Escritos sobre pintura. Op. cit.

[31] “Los rituales son gestos destinados, o bien a transformar un estado de cosas indeseado, o bien a mantener un estado de cosas apropiado.  Un ritual es un conjuro.  Generalmente, el ritual se realiza en un ámbito distinto del cotidiano, o profano.  El templo cumple esa función.  De alguna manera, los ámbitos del arte pueden cumplir una función parecida: descontextualizados, los gestos habituales adquieren otra virtud y, también, otro valor. No hablamos en términos de mercancía, pero sí de ganancia: quien gana, en virtud (en poder, en fuerza) es quien los realiza de esta manera”. VALLDOSERA, Eulàlia.  El ombligo del mundo. Conversación con Chantal Maillard. Op. cit. p. 30.