VICTORIA CIVERA: LA CONCIENCIA DEL EXISTIR

VICTORIA CIVERA: LA CONCIENCIA DEL EXISTIR

Texto publicado en el catálogo
LOS OTROS (ARTISTAS)-THE OTHER ARTISTS
Madrid, 2016: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 96-106
[Intervenciones de José Luis Alexanco, Victoria Civera, Dis Berlin, Juan Hidalgo, Antonio Pérez y Eulàlia Valldosera, en el contexto de ARCOmadrid 2016.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

En lugar de una visión excluyente de los demás, habría deseado dibujar los momentos que, uno tras otro, hacen la vida, dar a ver la frase interior, la frase sin palabras, cuerda que indefinidamente se desenrolla, sinuosa y, en la intimidad, acompaña todo aquello que se presenta del fuera tanto como del dentro.
Quería dibujar la conciencia del existir y el paso del tiempo.  Como se toma uno el pulso. O también, en forma más limitada, lo que aparece cuando, al llegar la noche, repasa uno (en más corto y en voz baja) la película impresionada que ha soportado el día.  Dibujo cinemático.

Henri Michaux.  Dibujar el paso del tiempo (1957)[1].

 

Subrayé en un texto anterior la búsqueda esencialista que ha presidido el trabajo de Victoria Civera (Port de Sagunt, 1955)[2], pareciere llegada a lo esencial tras producirse numerosas interrogaciones sobre la realidad.  Artista inquieta, buscadora de una cierta sanación espiritual a través del arte, mediante un permanente preguntarse sobre las formas, allí escogíamos este fragmento de Kevin Power, quien resaltaba su extraña, inquietante, lucidez: “sus obras en pequeña escala (…), sus dibujos y pinturas, poseen la porosidad y las posturas sin jerarquía que hay en la conversación íntima, tanto en su estructura como en su función.   Son antifonales, con muchas voces, son cautivadoras y apasionadamente subjetivas.  Entienden el compromiso emocional como una aventura”[3].

Una suerte de febril búsqueda existencial, -no ocultada y, por el contrario, de frecuente declaración por parte de la artista-, mucha de su obra conserva ese aspecto de indagación y lucha por el hallazgo de las formas que le ayuden a explicarse-explicarnos, y a comprender, que comprendamos por tanto, el entorno real.   Aquel texto tenía que ver con el comentario de una obra cuyo título era, casi, declaración de principios para entender el quehacer de Civera: “Hacia adentro” (2002), viaje al interior de una artista proclive a títulos que parecerían llamar al mundo del dentro o, también, utilizar en su quehacer visual un repertorio de imágenes procedentes de la vida cotidiana que confiere a su trabajo un aire diarista, casi epistolar y no exento de un cierto romanticismo que parece sobresaltar, a la par que otorgar aire un primer aire de proximidad a su búsqueda creativa.   Imágenes que han sido con frecuencia desdeñadas entre el torrente de imágenes que puebla, hasta asola, el cotidiano devenir o que pasarían desapercibidas y que, empero, captan la atención de acecha-Civera en atenta escucha, creadora habituada al estar entre el objeto y la pintura, “naderías”, lo ha llamado a veces con afectuosa voz baja.  Destilando una suerte de cotidiano fantástico y recordándose, en este punto, cómo su creación es el relato de un complejo mundo de exploración, -casi una narración de su devenir, vital y creativo-, que está presidido por un aire inquieto.  También un cierto aspecto de extrañeza sobresale en su trabajo, quizás en muchos casos derivado de ese encuentro singular que sucede entre las imágenes reales y su disposición en un universo de pintura o lo que es lo mismo, la desazón que genera lo conocido, siendo muchas veces representativo, y su encuentro con la abstracción, ya fuere construida o dominada por el magma de la pintura, en otras ocasiones por la presencia de imágenes dispares.  Y será precisamente ese encontrarse en territorios indeterminados, lo conocido y lo que se desconoce, lo que subraye lo singular de su quehacer.

Tuve también cerca otra pintura, “Aladina” (1998-2003)[4], nueva inquietud, a la que siempre vi, en el aire flotante de la cabeza, aquello sobre el nadar como forma de sobresalir del caos diario: es la cultura.   Y, además de inquieta, expectante, veo de habitual su obra tal estuviese en tensión, a la espera de un acontecimiento, lo que -inminente- está a punto de suceder, y que me ha recordado la atenta escucha palazuelina: “Ver lo no visto antes, conocer una parte de lo desconocido para mí”[5].  Esa parece ser también la máxima para comprender el complejo sentido que Civera aplica a la creación artística: el mundo es forma mas los objetos, los lenguajes verbales y plásticos o las formas reveladas en su estudio por la artista suponen, también, la posibilidad de componer el mundo de las ideas.   Espera, escucha y aprehende los misterios que ello encierra.   Prosecutora de imágenes, que son pacientemente seleccionadas en el entorno de lo real, tijeras en la mano[6], armada tal e inmersa en ese proceso de extrañeza y lejanías, deliberadamente situada en un margen de lo real y deviniendo una suerte de lírico hermetismo: ella ha señalado que el encuentro con la pintura otorgará a las imágenes la pulsión de las cicatrices, uso por la artista de esa voz corpórea, destilado el arte desde la herida.  Las cicatrices, escribe Civera, “que le añade la pintura y su disposición final sobre la tela las que combinan, mezclan, hacen el cóctel entre (…) lo extraño y lo familiar”[7].    Liberación pues de las imágenes así, que la artista considera certeras cuando se produce el encuentro preciso entre el hallazgo y apresamiento de la imagen y lo que la pintora concede como una liberación “hacia otra forma de realidad, formateada en fantasía”, el encuentro muy paradojal entre intensidad y serenidad, intención o accidente[8].

Don de la analogía, tal revelando un mundo en formación, pareciere debatirse su creación en el abrirse paso sus formas en la realidad, a veces definidas estas, otrora mostrando la extensión de los vacíos donde vagan formas o planos.  Meditación en la acción de pintar, transfiguración de la expresión, ilusión por tentar desde la planicie del lienzo formas que errabundas vagan por el espacio.  Extrañeza, algo que no abandonará durante su quehacer: hay algo de evocación del surgimiento de las formas, portadoras éstas de una singular energía erigida, debatiéndose, entre las tinieblas.    Delicada en su crudeza mas embargada en una incesante búsqueda de los secretos de la identidad, la suya propia y la general, pareciere no esquivar Civera el aire accidental en su creación, como pareciendo revelar lo complejo del camino que hasta allí le condujo, y las zozobras del mismo, sus esquirlas.   Creación anti grandilocuente, arte viajero entre lo privado y lo expuesto, lo fantástico y lo tierno, lo que estuvo o lo que está presente, las imágenes con la citada crudeza y las que parecieren derivarse de un imaginario onírico.  Arte de lo solitario y lo atormentado, de deliberada y expuesta sinceridad, de una concentrada energía que no esquiva la cierta voluntad de extrañamiento y  energía desplazada.  Como haciendo compatible el vivir en zozobra, la búsqueda no exenta de angustia, con el hallazgo de unos ciertos lugares, pictóricas radas donde, al fin, arribar.  Una de esas conocidas casas favoritas es el tondo.

Heredera del collage y el fotomontaje, que tan fértiles han resultado para el arte de nuestro tiempo, es capaz de lograr el encuentro de elementos poéticos dispares tanteando entre la oscuridad, sin esquivar el vértigo que se deriva de dichas asociaciones, la irrealidad de lo concreto, como situándose “Frente al túnel” (2007), tal reza una de sus obras y pienso a veces, palpando abismos al reflexionar sobre la obra de Civera, en el mundo inquieto de Henri Michaux.  Otra que encara el abismo y es así como aquella artista encuentra los límites.

Creaciones de Civera, a veces con aire más geométrico, estoy pensando en tondos de 2006 como “Con y sin la idea” o “Luciérnaga”; hay mucho en su viaje de un acercarse hacia el centro, núcleo o agujero, a un extraño centro invisible donde parecen, forma y energía, incandescer en una suerte de hipnótica concentración: “Capricho” (2005-2006); “En la vasija” (2005-2006); “Travieso” (2005-2006) o “Escritura interior” (2008), títulos que, a modo de verdaderos emblemas erigidos, aluden a ese carácter gozosamente interior: la vida parece suceder tras la agitación de la búsqueda, expandirse en un extraordinario recogimiento.    Artista ensimismada, entrópica tal la cara acepción de Arnheim[9], tampoco teme que, junto a obras de mayor aire pictórico, haya otras donde la voluntad es de delatada geometría, como pareciendo certificar el trabajo de lo visible, en especial por el uso de redes o líneas donde asentar sus imágenes: “Mal de Jem” (2004); “Anda y pasa” (2006); “Searcher” (2009) o “Nido pintado” (2015).   Narraciones escondidas, ese aire hipnótico, cuando no letárgico[10]o de una cierta ingravidez[11], parece sobrevolar en otras pinturas, estoy pensando en cuadros imponentes como “Voyage” (2005).  Obras derramadas: “Derrame” (2010) o de aspecto action, como “No te escapes” (2010).   Palpitación bajo los signos, tal cortes extraídos en el infinito, fuerza pictórica que evoca la iluminación mas también la consunción, de nuevo aquí recuerdo a Michaux, como si más que mostrar formas estas fueran presentidas, no sin un cierto escalofrío, al concebir tales acordes potentes y extraños.

Fuerza o modos de energía que tendrían que ver, también, con diversos estados de la conciencia de la artista. Y pienso, viendo la pintura de Civera, esta pareciere desprendida de sí misma tras la tarea y, también, en aquello que decía Palazuelo, ya citado: el espacio es un refugio, el nido en palabras de aquella: “así pues, privada de reposo, la idea del espacio parece buscar sin cesar el infinito de la augusta presencia (refugio), moviéndose, en el infinito interior de la impotencia humana obsesionada por una visión, en ocasiones agitada y otras flébil, siempre desconsoladamente dirigida, mas en vano, hacia lo ilimitado”[12].    Otrosí he recordado, pensando en Civera, un momento de las conversaciones entre aquel pintor y Claude Esteban, “El soplo” era el título, donde este subrayaba la estupefacción que le había causado verle dibujar, durante varios días, en soledad y silencio, en un apartado en un pequeño rincón de la redacción de la revista “Argile”[13]:  “Todo mi alrededor desaparece, y surgen las obras como por sí solas”[14],   ante la concentración del artista, éste le señala: “¿qué quieres?  Es la línea la que piensa y yo debo estar atento a su pensamiento”[15].  Diálogo entre dos poetas errantes, dejar hablar supone escuchar, y por tanto, es el elogio de la lentitud, verdadero motor del quehacer del artista:   “La verdad auténtica está en el fondo, por lo pronto invisible”[16]

Otros cuadros de Victoria Civera parecen recorrer un repertorio de diferencias: su labor creadora ha sido siempre un indagar, hasta el fondo, en la diferencia.   A veces disfrutando de ese existir en otredad.   Haciendo posible lo divisorio y la visión de conjunto, se embargan sus obras de una cierta condición de aire surreal que está siempre presente en una obra poblada de imágenes narrativas, en ocasiones llegando a una distribución de las formas evocadoras de lo psicodélico y haciendo compatible la introspección, un cierto hermetismo donde ahondar para –de inmediato- salir, casi emergiendo veloz, con un deseo de abandonarse en pos de lo que queda por investigar en la pintura, privacidad expuesta, una  mesurada poética de la seducción, es la fortaleza de la voz baja, en sus palabras.   Cuerda que indefinidamente se desenrolla, sí, sinuosa y en la intimidad[17], pintar como experimento para experimentarse a sí misma, descubrir aquel bullicio interior y para, de esta forma, construir el mundo.  Arte de la alteridad, como a la búsqueda de una fisiología interior, preguntándose por las emociones (“Searcher”, recordamos ya así titula una de sus obras), arte de las sugerencias antes que de las certezas, formas que ya se dijo vagan en el espacio, -fueron vagabundas y ahora permanecen, con aire de rescatadas mas sin escaparse a la mención de una cierta vulnerabilidad-, narraciones entre las sombras -a veces pareciere extasiadas, otras en silencio-.  Estableciendo lo que podríamos llamar un modelo creativo dinámico, es Civera pintora de energías transversales, ideogramática en  el planteamiento de un cierto simbolismo pictórico, arte de la aproximación, no parecen diferenciarse géneros en la obra de Civera.  Así, los objetos escultóricos se encuentran con sus pinturas, como en un totus que fluye, como si realizase los citados cortes en el infinito de lo real, va y viene de la pintura al objeto, del objeto a la pintura, contaminada la pintura de su mundo objetual, poseído el objeto por las formas de la pintura, la vida resuelta en creación artística, en lo que parece ser metamorfosis permanente.  Compromiso consigo misma, en todo caso, su actitud es la de una creadora en la que sobresale, bajo el tormento que es el crear, el goce de ser creadora, la poderosa y poética transformación que ella misma ha padecido, tal una herida, al transformar las formas.

 

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[1] MICHAUX, Henri. Escritos sobre pintura.  Murcia: Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de la Región de Murcia.  Consejería de Educación y Cultura.  Fundación Caja Murcia, 2007, p. 115.

[2] DE LA TORRE, Alfonso.  Fragmentos. Arte del XX al XXI. Madrid: Centro Cultural de la Villa, 2004, p. 196.

[3] POWER, Kevin.  Vicky Civera: la virtud de una extraña lucidez.  Madrid: Galería Soledad Lorenzo, 2003.

[4] Las dos obras que he citado pertenecen a la colección de Pilar Citoler.

[5] PALAZUELO, Pablo.  Geometría y visión.  Granada: Diputación de Granada, 1995, pp. 14 -23

[6] CIVERA, Victoria-USLÉ, Juan.  Entre tú y usted: en arenas comunes. Málaga: CAC-Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, 2010, p. 111. “Pienso y camino con unas tijeras en la mano, en cierto estado de trance. Distraída y atenta, persiguiendo una imagen que me seduce o impacta.  Recorto y mutilo, hago pruebas, ensayo, persigo la imagen, que unas veces se pierde y otras acaba en una carpeta.  Entre carpeta y la tela surgen  nuevos traumas, cambios a veces drásticos y a veces más livianos; los fondos contribuyen, claramente, a enredar aún más el laberinto, la pintura a desenredarlo”, Ibíd.

[7] Ibíd. p. 112.

[8] Ibíd. p. 113.

[9] El sentido de “entropía”, figurado, que en su fecha utilizamos con Torner, refiere ese permanente mirar hacia dentro como signo de su quehacer en el que confluyen, con naturalidad, caos y equilibrio creador, orden y complejidad, obteniendo de dicho difícil equilibrio, su singular orden creativo.  Remitimos a la revisión conceptual de ARNHEIM, Rudolf. Entropy and art: and essay on disorder and order (1971), en él este autor refiere cómo, revisando la complejidad de lo real, puede destilarse otra armonía.  El asunto está tratado en: DE LA TORRE, Alfonso.  Torner, sí elogio de la entropía.  Texto en Torner entrópico. Cuenca: Semana de Música Religiosa, 2015.

[10] Recuérdense sus “Sueños inclinados” (2009), título de su exposición en el IVAM, 2010.

[11] “Hole (ingrávido)” (2014).

[12] Pablo Palazuelo, “Cuaderno de Paris”, 1953. Inédito.  Cortesía de la Fundación Pablo Palazuelo. 

[13] Claude Esteban dirigió los veinticuatro número de “Argile”, entre 1973 y 1981.  Palazuelo ilustró el segundo, publicado en la primavera de 1974, con textos de, entre otros, Reverdy, Waldrop y Jackson.

[14] KLEE, Paul. Diarios 1898/1918. Editados y prologados por Felix Klee.  México: Biblioteca Era. Serie Mayor, 1970, p. 449.

[15] ESTEBAN, Claude-PALAZUELO, Pablo.  Palazuelo.  Paris: Editions Maeght, 1980. Versión española de “Ediciones 62”, Barcelona, op. cit. p. 141.

[16] KLEE, Paul. Diarios 1898/1918. Editados y prologados por Felix Klee, op. cit. p. 436.

[17] MICHAUX, Henri. Escritos sobre pintura, op. cit.